Hay tanto que decir, cuando se vislumbra la parra del día,
cuando las vigas desploman el polvo de las bodegas acechantes de la penumbra;
hasta cierto punto, Heráclito ya no resplandece en las aguas,
sino en el vertedero disfrazado de alberca.
Imagen tomada de Miswallpapers.net
LA MISERIA, DESPUÉS DE TODO
La miseria, después de todo, desploma su aserrín en el tacto de la ceniza. No sólo es la maleza y el yute en los ojos, realidades persistentes en el ojo de la aguja, sino los años que se han quedado ahí, en la polilla del armario, en la alacena con su demora de manos, en la hoja cortada de la noche con sus rotas campanas de conciencia. Hay tanto que decir, cuando se vislumbra la parra del día, cuando las vigas desploman el polvo de las bodegas acechantes de la penumbra; hasta cierto punto, Heráclito ya no resplandece en las aguas, sino en el vertedero disfrazado de alberca. La claridad ha hecho visible la peluca de los jardines rapados, el aire sedicioso del rasguño, la piedra de la tormenta sobre el aliento; la miseria, después de todo, ha bajado como una correntada de agua a poner su arnés sobre la mesa: truenan los adobes de la oscuridad, el punzón encapuchado de los féretros, el mantel vacío sin pestañeos, la limonada envejecida de la ciénaga. Con este menú de in medias res, salta a la vista, la otra Guerra de Troya, la que nosotros libramos durante las cuarenta noches del estío, con el temor de caer en su embudo.
Barataria, 29.II.2012

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