jueves, 1 de marzo de 2012

HORA DE GRIETAS


Dentro de ciertos escaparates es posible acumular herrumbre,
días de comejenes y polilla, insectos disecados, imanes desimantados,
tormentas solares de ceniza, planos cartesianos de saliva;
hoy, cualquiera puede ascender al primer plano del cielo y festejar
la barbacoa, la carne a la parrilla de los convivios celestiales,...
Imagen tomada de Miswallpapers.net




HORA DE GRIETAS




En cada ternura, hay grietas de relojes adustos; amargos dedos
sobre sombras que relampaguean en el sueño, aguas congeladas
agrupadas en la respiración como una vitrina incendiada
de cuervos, piedras ciegas donde atraviesan los ojos,
historias donde el hastío desgarra sus entrañas, grietas tendidas
en los labios, convulsas aguas en la guitarra del pecho, donde
el mar entonces, lanza lenguas de espuma, bocanadas de sal,
senderos líquidos de peces. —Acaso nada duerme, después de todo,
en el vacío de la muerte de las ciudades, en medio de la espina
obediente de la tiniebla con su eterno sopor de oscuridades,
—vos y yo, llevamos, el disparo y la tortura en las manos:
después de la conmoción social, advino el espejo quebrado del ansia,
la pira de la locura en medio de tecomates, los espectros comparados
sólo con las grietas, la cacería humana del paisaje
del alma inamovible en el festín de las hormigas. Corremos la misma
suerte de los objetos quebrados de la sinrazón dentro de cierto
automatismo de ciénagas, dentro de las deshora del interrogatorio
del crepúsculo con su tormenta de alfileres sobre las sienes.

Dentro de ciertos escaparates es posible acumular herrumbre,
días de comejenes y polilla, insectos disecados, imanes desimantados,
tormentas solares de ceniza, planos cartesianos de saliva;
hoy, cualquiera puede ascender al primer plano del cielo y festejar
la barbacoa, la carne a la parrilla de los convivios celestiales,
subirse a las solapas de la silla de súbito en el tejado,
en la iluminada procesión del báculo de la metamorfosis del poder.

Nada hay de extraño en todo esto, excepto porque nuestros ojos,
—los tuyos y los míos— caen al vacío, a nuestro corazón de absoluta
herrumbre; a nuestro rostro donde perdimos toda posibilidad
de quietud, —entre los dientes, el hierro retorcido de la recua
de hojarasca, los puchitos de azúcar en el enjambre de los jocotes,
jarcias de sal chorreando en los botones de la camisa de domingo;
sobre el paladar el asfalto de las circunstancias:
(nuestro tiempo de barro, furioso de celestial oscuridad, abierto
al manual de la Sodoma, comestible en los días de incendio secular.)

Somos en medio de la feligresía, cierta forma de vida; escarbamos
Las probabilidades en cada acera, y pagamos el precio con agonía,
con ventanas rotas y estómagos con úlceras.
En el escombro de la utopía, ya no es posible el esplendor, sino
sino el párpado en la desnudez del miedo, la congregación alterada
del fermento, la neblina en el taburete de los colmillos, puesta
en la sartén de las bisagras, en el montón de güistes del lupanar
que nos corta la garganta de un tajo. Después de todo, —vos y yo—,
aun existimos, es decir, caminamos como bocanadas de humo
en medio de la tormenta, cántaros en el trueno de la sangre…

Barataria, 21.II.2012