En el fetiche del calendario se disuelven los días, aúlla el mar
sobre las rocas, —juntos el desvelo y el cenicero,
oscurecen el aliento, la sangre derramada en comunión con paredes
desfallecidos, —a veces la ciudad se vuelve un artefacto peligroso,
en realidad, todo el tiempo hay sombras y suicidios,...
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SUEÑO DEL INSOMNE
Vuelvo sobre mis pasos muchedumbre
tu puerta me abre todos los abismos.
ALEXIS GÓMEZ ROSA
En la cintura del sueño, los hilos del agua de la desesperación,
el contraluz del pecho en las flechas, el río de lunas turbias
alrededor, acariciando los secretos, enredados en la respiración.
Insomne el taburete lento del polvo en la cuchara de la oscuridad,
cuerpos de rodillas, suplicantes, caminando en el filo
de la espada, ardiendo como un olor desvanecido, rabioso
en las bocanadas del suspiro: en las manos los alfileres del cuervo
jugando a la noche, el absurdo testamento de la sed,
el miedo a los espejos consumidos por la niebla,
un sinfín de muertos enredados en el humo del tabaco.
Camino calles enteras de canciones envejecidas en la esquina
líquida de los ojos, —frente al incensario del sexo, no tengo
palabras, sino un himno silencioso de tejados,
formas que nadie entendería, a menos que haya soportado el frío
que produce la carencia de brazos,
la espera en el quicio, o la muerte, tan perenne en la vida.
En el fetiche del calendario se disuelven los días, aúlla el mar
sobre las rocas, —juntos el desvelo y el cenicero,
oscurecen el aliento, la sangre derramada en comunión con paredes
desfallecidos, —a veces la ciudad se vuelve un artefacto peligroso,
en realidad, todo el tiempo hay sombras y suicidios,
miedos acechantes, alcantarillas que nos nutren de gritos,
tropiezos y equivocaciones como un alud de aves de carroña,
niños acariciando de forma brutal el cántaro del crepúsculo,
la incesante fragilidad de las mañanas,
las muchas lluvias que han llovido desde siempre en la ventana.
(Entre mis manos, las puertas funestas de la miseria:
los trastornos furibundos de la boca en la perversidad;
golpea la sal en el aserradero de la risa, —nos insulta la peste
de la soledad, los ojos propagados de la podredumbre,
aun el ruido, con sus larvas de ceniza, el aire que nos fustiga
hasta hacernos sangrar, con la sospecha de un cuerpo ardiendo
en la flama, donde se incineran los relojes del alma.)
Hay tanta verdad en el yute oscuro de la noche, que por eso
hiede a cadáveres; en la extensión de las ventanas, los ecos,
el sudor como escamas, la corona de espinas, extraña hoy,
sobre algún obelisco del absurdo.
—Sé, que siempre hemos sido frágiles ante la zozobra, muñecos,
teatro, de un tiempo que no es el nuestro; o es el nuestro y por eso
lo vivimos con intensidad de féretros, con un río de presentes
donde no es posible el anhelo, sino el pan quemado brotado
del lupanar, casi nuestra estrella inefable…
Barataria, 10.II.2012

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