Cada vez el infinito desangra las lluvias inefables: hay relámpagos
que atraviesan el infinito con ojos de vértigo;
en cada viento afilado en el cuerpo, el universo zozobra
con sus paraguas rotos, la palpitación de los elásticos se torna
puñales; al borde las vísceras, la antesala a espejos distorsionados.
Fotografía de André Cruchaga
INTERIORES
Desde los interiores de la mesa, la tela amarilla del candil,
el relieve de los objetos alrededor de mis ojos, las manos aun solo
en la aldaba de la puerta, —hacia el fondo, el día avanza en mi cabeza,
como cualquier despojo en el albedrío de la sal.
Consumidas las semanas, nadie se acuerda del calendario,
algunos dolores son demasiadas tumbas para el alma;
las alegrías, vienen acompañadas de lápidas o almohadas,
toda fosforescencia siempre tiene fronteras imaginarias:
la noche es lo más visible cuando nos quema las sienes,
lo invisible es el hilo de la racionalidad que anhelamos juntos.
Cada vez el infinito desangra las lluvias inefables: hay relámpagos
que atraviesan el infinito con ojos de vértigo;
en cada viento afilado en el cuerpo, el universo zozobra
con sus paraguas rotos, la palpitación de los elásticos se torna
puñales; al borde las vísceras, la antesala a espejos distorsionados.
De cada precipicio brotan espejeos incendiados, un trozo
de sábana alimenta los poros, cada movimiento que nace
de la campana de la saliva, los días impares de la semana, el báculo
del ciego alrededor de los barrotes de la niebla.
Cada objeto tiene su propio laberinto, la lluvia que emerge
sin aniquilarse, el monasterio de la angustia en el absoluto
de la memoria: viajamos desde la cópula fugaz del vuelo, desde
los nudos del pájaro del posible desvarío de la sombras enquistadas
en el rompeolas de la ebriedad.
Somos desde el incendio de nuestra propia alma, el todo y la nada
asidos de las manos, la furia del torrente en los ojos,
los estrechos caminos de la clavícula de la Esperanza, la infinitud
de las paredes a la hora del sueño, la caligrafía escarlata
de la catástrofe, quizá la melódica purificada en la propia ceniza.
No cabe tanta erosión en las colillas de la respiración,
—hoy, todos los caminos son inciertos, los cubre el humo,
el desfile de los pensamientos calcinados, el establo del cielo,
envuelto en harapos, el hilo de la garganta enredado en el paladar
duro de las viejas consignas. Sí, todos los caminos son inciertos:
recorremos el pozo hondo de las estrellas endurecidas,
del precipicio de las lanzas de la incineración; en la espalda llevamos
porciones de azufre, sortijas que la noche nos avienta a los ojos.
A veces las axilas derriten los abismos de la sal:
entonces, nos volvemos alucinadas ebulliciones, viscosos
laberintos, ácidas persianas de piedad, baúles de cementerios,
cadáveres impuros renegando del fuego.
Siempre que vemos desde dentro de las alacenas, sabemos
que nos falta todo, y en cambio acuden a nosotros los sepultureros,
con sus manos de azadones triunfantes. No obstante persistimos
en el cántaro inasible del agua que chorrea los ojos…
Barataria, 12.II.2012
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