viernes, 24 de febrero de 2012

EBRIEDAD DE SÁBANAS


Entre más ramas hace el jadeo, más destellos propagamos
alrededor de cada ráfaga humana: en cada piel levantamos llamaradas
de viento, quemadas, debajo de sábanas ebrias.
Fotografía de André Cruchaga





EBRIEDAD DE SÁBANAS




Sobre los poros del cuerpo, son innecesarias las sábanas,
es suficiente la ebriedad de los poros, el petate curtido de la lengua,
los fulminantes ciegos del estertor y ese sueño sin piedad por donde
bebemos las almohadas húmedas de los espectros.
—Llegada la urgencia, rechinan las luciérnagas en los poros,
es como si sólo habitáramos la transparencia del orgasmo
en un océano ebrio de acordeones: la voz se vuelve invisible,
subterránea, tan elocuente como la conciencia de tener memoria;
tan cierta como una eternidad húmeda, en medio de sombras que gimen
con su propia fluidez de cántaros derramados.
Tan cierta como el entusiasmo de las alacenas llenas, donde cama
y paredes tienen brisa de azúcar,
fuerzas suficientes para alumbrar todos los rincones del planeta;
mientras los relojes congestionan el calendario, —vos y yo— con nuestros
apetitos, ebriedad desde el fondo de los ascensores, le damos vida
a las semillas de la sonrisa, al ala de la exploración,
a cuantas visiones nos proyecten los espejos y la utopía de los zapatos.
Entre más ramas hace el jadeo, más destellos propagamos
alrededor de cada ráfaga humana: en cada piel levantamos llamaradas
de viento, quemadas, debajo de sábanas ebrias.
Palpitamos inventando nuevas compuertas, nuevas tormentas
de relámpagos, nuevas fiebres de espejos hasta el punto
de consumirnos en el aceite sideral de los peces…

Barataria, 16.II.2012