jueves 26 de enero de 2012

DESTINO DE LA SOMBRA


¿Hacia qué escondrijo bajo tierra, cada féretro es memoria,
consumado trino del confín? —Siempre ha sido arduo el camino
a caballo y sin montura, el deseo confundido sin compartir
labios, sin que el musgo deje de estar entre las manos.
Fotografía de Lázaro Aguirre





DESTINO DE LA SOMBRA




¿Hacia qué destino me llevas cuando apenas he comenzado
a pronunciar palabras, ventana fugitiva de mi sed, bajo la sombra
del aire, entre arenas y espumas y ceniza?
¿Qué suerte es esta del camino quejumbroso, temblor de huesos
y asfixia, muerte sin fin derrumbando el pecho, la espina
en la piel, sin descanso, sin tregua, ciego horizonte del ciego?

Me muerdes como el perro rabioso que desconoce a su amo,
me hartas los ojos sobre la piedra de la sombra,
me hurtas el único mar que he conocido: la luz purificada
en la ventana, el blues que descendió del pájaro furtivo. Me llamas,
para cundir de páramos el fuego,
el beso que le di a la dicha poniente del clamor de los días,
el roce de piel, tibio, entre los encajes ceñidos de la turgencia.
Ahora me convocas cuando ya he derribado los muros
de las paredes sordas de la tristeza, cuando la vida es oíble, fresca
en el follaje, justo cuando esquivé tantas ausencias.

¿De qué mar o río llenas tus arcanos, la niebla sobre el espejo,
las astillas de la sombra como un granizo, el candil conspirativo?
Somos, después de todo, la sombra en la tormenta del destino:
en cada catacumba hay hamacas de abismos,
días con los dientes de las bisagras desangrados, ratones,
royendo el nido de los pájaros,
sombras urgidas al fondo del taburete del traspatio, debajo
de la hebilla imantada del calendario, absurdas lunas retenidas
en el cielo falso de los cartones, horas líquidas con el sabor
de la salmuera, aguas en el mentón pálido de la tristeza que inundan
las manos hasta sajarlas, volverlas cuerpos flotantes.

Me llamas ahora cuando la risa dejó de ser imperceptible
y fue retirado el hollín del tabanco, y la herrumbre de las verjas,
y la polilla de la madera. Me asedias, así, sencillamente
cuando gané el fervor después de tantas batallas,
después que el fuego purificó las raíces y desapareció la zarza;
me pregunto si, entre tanta afonía, aún estás en todas partes
como las paradojas, ficción o realidad, me devuelves
a la indigencia de la respiración, entre la noche, vos, sombra
polinizada, hecha de no sé qué materiales para cegar las pupilas,
y volver enjambre de ceniza toda la sed acumulada.

¿Hacia qué escondrijo bajo tierra, cada féretro es memoria,
consumado trino del confín? —Siempre ha sido arduo el camino
a caballo y sin montura, el deseo confundido sin compartir
labios, sin que el musgo deje de estar entre las manos.
Los días se suceden como lobos en la cotidianeidad: cada sombra
o destino tiene sus propias fauces; por eso cada agonía
es singular palabra en el espejo, altar si se quiere, del propio
aguacero: agonía en el vilo de la carne…

Barataria, 18.I.2012