Me muerde cada vez, el grito trenzado de la memoria,
las funerarias sumergidas en los candiles, el invierno con bueyes
caducos, los repentinos amarillos de hojas y huesos.
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SUBSUELO DE LA SAL
Debajo de mí, la trinchera del subsuelo abriendo nichos
y raíces putrefactas, raíces del destierro en mi pecho, apago
candil de las luciérnagas cuando la sal ha cristalizado las alas.
Debajo de mí la muerte engulle todo firmamento;
Pertenezco a esos viajeros náufragos sin mar y sin océanos,
Porque los folios de la tormenta,
El lenguaje de las cartas de marear, el astrolabio de los espectros,
Los paralelos de las gaviotas a la deriva
Perdieron el sendero en los meses de sucesivas espinas;
Ahora oscilo en el péndulo del oleaje, en el himno lento de la sal
Rota de cada cama olvidada, perdida en el fui de la herida,
añicos el catecismo de la vocación, el ancla en el sombrero
como un raro animal de osamentas;
oigo la muerte con su extraño mundo de fiebres, las sombras
eructando murmullo de hojarasca, la puerta del óxido
como un desierto de inhóspitos fuegos, como moscas.
Desde aquí se yerguen disecados quirófanos, saliva de las osamentas,
turbulencias del desarraigo de los dientes.
Me muerde cada vez, el grito trenzado de la memoria,
las funerarias sumergidas en los candiles, el invierno con bueyes
caducos, los repentinos amarillos de hojas y huesos.
Contrario a esta necesidad de caminar en las calles del día,
emerge el caos de los relojes,
las almohadas ácidas del sueño, derramadas en el óxido,
el escapulario derrumbado del alfabeto, el paisaje de la penumbra.
A menudo me arrodillo para lavar la pobreza de mi equipaje:
sólo he acumulado lluvia y palabras, itinerarios de viento
y hojarasca, sombras que amanecieron en mi infancia,
tambores tribales de las sombras.
La sal cae acostumbrada al sollozo, los sentidos rancios
en la ventana, la jerga confusa de ciertas habitaciones a deshora
de paredes funerarias, pálpitos enajenados de cadáveres.
El dolor, a veces, es un nudo de linternas sobre el oleaje
de los sueños; espina de escaleras por donde se llega a la antesala
del conocimiento, al rumbo consciente del tiempo.
Atrás de las mañanas, siempre hay bolsillos rotos, ojos ciegos,
conciencias de ultratumba, igual que la soledad numerada
de ausencias, igual que las tardes que rompen la saliva
para hacerse ceniza en los zapatos.
Al final, también los adoquines se tornan sombras de este cuerpo
Que se interna en el dolor de la sal, en el subsuelo del horizonte,
Destino que lo consumen los suicidios, los días de olvido
Que son como palabras colgadas de la vigilia.
Barataria, septiembre de 2011



















