Mordemos el cactus con la proclama del páramo. Hasta el alma
se borra en la niebla: espesa la sombra debajo de los poros,
cada despojo de puerta de los olvidos acumulados; la sed está
condenada a los vacíos del caos, es decir, a la hondonada de la cárcava
del tiempo, a cada nombre que perdió la ropa en los insectos.
Imagen de André Cruchaga
A BORDO DEL CAOS
Cuando murmuran sus palabras rotas
deshechas en el viento,
CARLOS PUJOL
Mordemos el cactus con la proclama del páramo. Hasta el alma
se borra en la niebla: espesa la sombra debajo de los poros,
cada despojo de puerta de los olvidos acumulados; la sed está
condenada a los vacíos del caos, es decir, a la hondonada de la cárcava
del tiempo, a cada nombre que perdió la ropa en los insectos.
Vivimos días de siniestros paraguas, días sin matasellos ni hojas
flotantes. Días sin manteles y sin manos, lóbregas miradas
sobre cada hueso que sostiene las sienes: estamos hechos a imagen
del aullido; nos come la llaga del estiaje, la piedra que rompió el rostro,
el mapa del mar en las paredes, el eco inoíble de las fotografías
dentro de cofres donde la polilla corroe las monedas y la ropa y el afán
de las raíces. Vienen días como zopilotes a nuestro encuentro:
vertederos en el limo del rostro, petates de ardiente locura,
escaleras golpeando el polvo de las puertas, ciegas penumbras
en los zapatos, sollozos que sobrellevan áridos tractores.
—Un día de tantos nos acostumbramos a vivir junto al sofoco:
hemos desnudado los labios y muerto; cada parte nuestra,
después, se ha vuelto ceniza; ningún cálculo fue acomodo
para una feliz compañía. Sobrellevamos a solas la palabra habitada,
aquella palabra que rompió la sílaba del buen augurio. (En el aliento
llevamos todas las muertes que hemos vivido. Todas las ruinas
que nos dio el vaho, las actas notariales de la niebla, la almohada
desheredada del sueño. Ningún jardín nos dio ojos para la claridad:
siempre la penumbra en el ojo.
Ninguna semilla fue feliz a la hora
del parto; cada viento rompió los embriones,
cada asombro fue navaja;
cada respiro chatarra, códigos de cifradas curvaturas.
Alguien recordará, después de todo, los ríos arrasando la yerba,
el espejo que nunca fue pródigo en la cama.
¿Alguna vez tendremos peces obedientes
en el pulso, soles para ordeñar los pájaros, manos para quemar
las colmenas? —Supongo que podemos hacer humo con luciérnagas
y atisbar el galope afuera de los pétalos.)
Después de todo,
han sido inclementes los párpados en el descalzo zaguán de las piedras,
en la sal de los brazos mutilados por cada infusión de escarabajos.
Debo suponer que los canceles castraron las almohadas,
el tizne en la lengua, la garganta a punto de la asfixia.
A bordo de este caos, casi al límite de la fetidez; la cara menguada
de lo inefable, la mirada rota de la certeza, las criptas extasiadas
del anfiteatro, la película en blanco y negro atrás de las costillas.
Debo suponer, además, que cada uno perdió su yo y que,
de cada escena, sólo queda la fábula. Duele la piedra presa del pánico.
Duele la rima yerta del aleteo, las calles vedadas a la luz.
Barataria, junio de 2011



















