Es un aquí, rota la espalda del cielo, la hoguera rota del tiempo,
costurerías del deletreo en este trapo del alarido. Sábana de aguas
explosivas donde la sal arremete en las gaviotas:
en las uñas del litoral, —sos vos la que arrastra la placenta
del oleaje, la contracorriente de la sal en la espuma,...
Fotografía de André Cruchaga
CONTRACORRIENTE DEL EQUILIBRIO
No one cares when you are wrong
But I have been at this far too long
To act like that when we should be
In perfect harmony
VAMPIRE WEEKEND
Es un aquí, rota la espalda del cielo, la hoguera rota del tiempo,
costurerías del deletreo en este trapo del alarido. Sábana de aguas
explosivas donde la sal arremete en las gaviotas:
en las uñas del litoral, —sos vos la que arrastra la placenta
del oleaje, la contracorriente de la sal en la espuma,
días de respirar el desequilibrio de la risa, los signos de los puntos
suspensivos en el guante ciego de la noche.
Sobre la lengua, la boca, galopa la ponzoña de los piercing,
el vaso de temores, las llaves de no sé qué altares con tizne;
aquí hay deseos castrados de beber los océanos,
cerrar los ojos y callar junto al búho, el jadeo del aire en su desvarío,
(cuando todo vuelva a la normalidad, me habré ido;
el mar y sus párpados,
el tambor de la oscuridad en la carne,
la claridad de los arrayanes masticando aves, el azor de jengibres
que fui desde el ombligo, la azucarada vertida en la imploración:
de tumbo en tumbo nos abaten los demonios del mundo.)
Nunca llega la luz, salvo cuando no hay suicidios:
arrastramos crucifijos con espinas, domingos sin barcos,
largas noches de hostiles túnicas, sandalias cansadas de tierra,
noches manchadas de meses,
ríos de espesas telarañas, arenas de interminable desazón.
La rosa de los puntos cardinales desencanta: ahí, el almidón
une cada pedazo de destellos, el firmamento de la brisa,
las botas del relámpago en la sombra derramada.
El estrépito muerde el santuario del sueño: el sueño secular del alma,
no el ciprés del escombro de los espectros, o el cuervo lóbrego
del sudario, el cielo insondable de la lámpara con su delirio.
—Vivimos días de pálidas escrutaciones; retorcidas piedras
en la conciencia, golpes bajos que horadan las sienes y dejan,
—de cabo a rabo—, esa demencia fundada en la futilidad de las cosas.
En las tardes, la alfombra del crepúsculo resbala en las pupilas,
gota de sal en el pañuelo del litoral, horizonte donde ya no hay
apóstoles, sino mercenarios de temblorosas noches.
Quizá en otro tiempo era posible el equilibrio: ahora las miradas
empujan hacia la noche,
pupilas desplomadas en la sangre, fríos de ronca agonía.
Desde los aviesos cazadores del vértigo, la suma de la memoria,
descorre las semanas sin tormentas, el camino consumido
de las impurezas, este viaje contrario de las pupilas, que después
de todo, se lleva como un salmo de ponzoñas.
Cargamos, pese a las espinas, esta vigilia sobre los hombros,
esta sed sin que se apacigüen las abejas, este aparejo del pesebre.
La eternidad nunca nos dijo que dejaría de ser vendaval,
por eso el nido nos da sus astillas enfurecidas, y hasta el azote
de las mudanzas: dentro de la herida nos embriaga el martirio:
esos días donde la almohada desfallece en su seno…
Barataria, abril de 2011









