Todos emigramos obsesionados hacia el muérdago del calendario.
La avidez resulta un comensal exigente, cuando la suave hondura
de la inmensidad, inagotable, nos asiste en la fragancia
secular de los espejos y el aliento;
el pétalo rojo sube a la brisa del pájaro, cárdeno el cierzo
acrecentado en la boca, el alto árbol de la luz sobre la frente.
Fotografía: Paolo Neo
FRAGANCIA INAGOTABLE
llega el amanecer,
con su color de abrigo de entretiempo
JAIME GIL DE BIEDMA
Todos emigramos obsesionados hacia el muérdago del calendario.
La avidez resulta un comensal exigente, cuando la suave hondura
de la inmensidad, inagotable, nos asiste en la fragancia
secular de los espejos y el aliento;
el pétalo rojo sube a la brisa del pájaro, cárdeno el cierzo
acrecentado en la boca, el alto árbol de la luz sobre la frente.
Hoy, la sequedad no tiene cabida en medio de las sábanas:
la voz no tiene duelos, ni las lámparas en aguarrás de los siglos;
levanto el vuelo con el volumen de los párpados,
escribo sobre la serpiente del acantilado,
busco los rieles de los muslos, el ojo muerde el tránsito:
separo los epitafios del aserrín de las entrañas
y dejo que los ríos transcurran con su estrella ceñida a las sienes.
Cuando la avispa del reloj zumba en los eructos,
todo el universo alado se prende de la boca: (vos, sin duda,
prendida al rojo de los sombreros,
al acto azul del degüello orgásmico, al paraguas engendrado
con paciencia en la alacena de los jardines.
Vos y sólo vos, piel con todas las esferas del estruendo, con el subibaja
precipitado del embeleso,
entre el azúcar del sueño y las gradas de sudor del sexo.)
Se me antojo hundirme en mis propios olvidos: encerrar el País
de tu piel, guardar en una alacena las caricias para los días de hambre,
—transcurrir, luego, en los aleros, en el tren del polen,
en el perejil de la sobrevivencia,
en la acequia del embeleso, en la efemérides ilimitada de las colmenas,
en fin, en este aire envejecido de mi propia angustia.
—Hoy, frente a la ruina y el miedo consuetudinario, dispongo
de la complicidad del buen aliento: la sábana abarca las dos sombras
de la noche, envuelve el tropel del frío:
los muslos ascendentes y confesos de la resurrección.
Está, pues, hecho el sueño. El cataclismo es un juego de poros;
nace el trote en las ventanas, el trote del arcoíris en las consonantes,
la mesa obediente de la risa.
Todo se hace traje de cierzo: juego de barriletes en la sangre;
obsesa confidencia, historia erguida en la victoria.
Al final, siempre gana el folio del sol en su propio ardimiento;
El agua descalza en la liturgia de saber que la vida es ir reescribiendo
El propio candil de las luciérnagas en cada latido.
—Desde el principio supe que la ráfaga es el cuaderno abierto del karma.
Barataria, 30.I.2011


















