A veces escarbo en la ceniza trascendida; otras veces,
me reinvento en las escaleras del rocío,
en la quietud y simplicidad de las ventanas,
en la miel astral del calendario. ¿Quién habló de la trascendencia sin oficio?
ESCRIBO PARA MÍ Y PARA LOS QUE QUIERAN LEERME
Escribo para mí y para los que quieran leerme, aunque el aire es para todos: trabajo en la milpa del alfabeto, aro cada palabra con esas eternidades efímeras, propias de la sangre trasegada del destello. En mi mesa de trabajo, están presentes los vivos y los muertos; (vos que maduraste el fluir de las urgencias, ese ejercicio de respirar hondo en la sequía. Vos, donde estés que el viento te nombre, ausente y presente en el lenguaje de los sueños, repartida adentro de la sangre.) A veces escarbo en la ceniza trascendida; otras veces, me reinvento en las escaleras del rocío, en la quietud y simplicidad de las ventanas, en la miel astral del calendario. ¿Quién habló de la trascendencia sin oficio? Por ventura, sólo me he propuesto escribir, después serán otras voces que revelen la eternidad, aunque parezca aburrida. A los que me lean, aquí este cuaderno insepulto donde ha perseverado y germinado la madera, el pulso de los meridianos, esta labor de eremita, en un mundo cada vez con poco aliento: nos muerden las sombras del tiempo, aún así hay espacios para la fruición alada del alma. Y, pues, si lo anterior, fuese poco, dejo aquí a don Antonio Machado: “A mi trabajo acudo, con mi dinero pago/ el traje que me cubre y la mansión que habito,/ el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.”
Barataria, 30.XI.2011

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