domingo, 4 de septiembre de 2011

SORBO DE VENTANAS


Desde aquí, el ojo de la ventana, aguas nocturnas,
añil la terquedad que bebo frente al despojo y la muerte,
risas amarillas del tamaño de la hojarasca,
el polvo doliente en los cuartones de los salmos, oscuras aguas
colgando del vacío, en sucesivos hombros de las semanas.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





SORBO DE VENTANAS




Cierro los ojos y miro
el tiempo interior que canta.
MANUEL ALTOLAGUIRRE




Desde aquí, el ojo de la ventana, aguas nocturnas,
añil la terquedad que bebo frente al despojo y la muerte,
risas amarillas del tamaño de la hojarasca,
el polvo doliente en los cuartones de los salmos, oscuras aguas
colgando del vacío, en sucesivos hombros de las semanas.
Pese al torso transparente de las ventanas, la luz respirando
en el puño, la cobija del ruido no es cobija para entender
el cansancio pétreo de las sombras. Bebo en penitente brutalidad
todo lo que está y es, los cipreses en la penumbra del recuerdo,
el trasto de nudos que amarran el rocío, la disputa frente al espejo
de los pájaros por beber del oasis el cielo, ahora también oscuro
como la puerta que da a las catacumbas. Sólo es una alegoría
sumergirme en las aguas de las mochetas, primero;
luego abrir los ojos y trepar la rama del confín de mi aliento.

A pesar de la penitencia del fuego, sorbo inclinado la luz raída
que me viene en rachas de rigurosa ceniza, en lluvia de falsas abejas,
en aromas de pan sin buena levadura.
Camino largo en los cristales difuntos de las cucharas,
sin más fantasía que inmacular mi lengua sobre el peltre sucio
de la carne ya fluida convertida en nostalgia;
debo contener mi garganta ardida de vestidos, lágrimas reflexivas
que odio en el vaso de agua, cuando estoy a punto de quitar mi sed,
la sed vívida de los sentidos. Me dan asco los ojos colgados
en las ventanas, el sorbo de quietud que debo tener cuando
el aburrimiento es una fuerza sin paciencia y la noche se pasea
sin disimulo como un mantel de ternura. Me da náuseas sorber
las paredes tapizadas de orina y no la cal profunda mojada por la lluvia;
 saboreo el mimbre de los puertos que me proveen las ventanas,
pero todo es igual, cuando se ha perdido la claridad de los colores,
cuando los claveles opacan su lozanía y prevalece
el casco ciego sobre las pupilas. De todas formas, la ternura,
no es de esas bisuterías que se compran a bajo precio
en los mercados de pulgas, ni un parque con acequias y jardines,
ahora es mercancía de lujo difícil de encontrar en el hocico de las fieras.

No me extraña este ardimiento de la garganta,
cuando la sangre drena el mapa de la conciencia,
cuando el golpe o la intemperie nos socavan hasta perdernos
en la breña última del calendario. Pese a todo este ardor erguido
como un falo, sigo inventariando vigilias, estampillas,
barquitos de papel, trencitos de madera, y calles y aceras
y transeúntes y extrañas angustias como un traje de hiriente cotidianidad.

Barataria, septiembre de 2011

2 comentarios:

Leticia dijo...

Una bastedad en el horizonte son tus palabras, un torbellino que se agiganta... es tu poesía. Geometría y matemática de palabras que indecifrables se forman en línea y toman su turno. Van del caos al orden poco a poco y encuentro el resplandor de tu poética Andre.
Un beso perfumado de gardenias.

André Cruchaga dijo...

Gracias, querida poeta por tu comentario. Y tienes razón: siempre o frecuentemente estoy metido en este caos del alfabeto. Admiro, por otra parte, tu poesía que es una diáfana síntesis de lo huamano.

Un abrazo, con poesía.

André Cruchaga