martes, 27 de septiembre de 2011

SOMBRA DE LA PIEDRA EN EL ESPEJO


Me invento en el móvil viento de los barriletes, coso los pezones
colgados del escaparate, no hay crepúsculos en el eclipse del espejo,
sino marea de pianos frente al lobo del huracán
que acecha en el sudor del follaje.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





SOMBRA DE LA PIEDRA EN EL ESPEJO




Hay razones para desechar la amargura de los armarios y tirarla
al traspatio transcurrido de las horas; la sombra entró
a las ausencias de la noche, el olvido de siempre, la vigilia
de las palabras en el espejo. Agradezco, ahora, poder verme
al espejo sabiendo que me pertenece el entendimiento,
y que la tristeza ya no es el hacha invencible, sino tránsito
hacia la abundancia matinal del asombro.

Los ojos se me escapan en el arco iris del pájaro embebido,
rastro indócil del espejo sobre el largo musgo de las luciérnagas;
sobre los paralelos de la sombra,
el celo ardiente de la piedra, canta trizada de trincheras,
piedra redonda de lunas junto al ciprés del espejo con espalda
de campanas, donde los peces empujan la brisa descolgada
de los caballos de los ojos, serpiente del viento sobre la piedra.
La espalda ceñida al susurro, soles tórridos en las manos,
abejas en la saliva, patinan como luceros.

Me invento en el móvil viento de los barriletes, coso los pezones
colgados del escaparate, no hay crepúsculos en el eclipse del espejo,
sino marea de pianos frente al lobo del huracán
que acecha en el sudor del follaje.
Aunque parezca irreal, la garganta perdió el alfabeto y sólo queda,
prolongando el huracán, esta suerte de estrella clavada en las sienes,
el ojo en las estrofas de los poros, las parras de pájaros
en el traspatio, en el vapor del velamen enroscado en los ijares.

Pero aun la sombra como tal, atisba con sus rodillas cruzadas,
persiste como un paredón de canela,
inclina la noche a las piernas, lame el océano suicida:
ciega la lluvia nuestros espectros, siembra su tejado en los dedos,
ojea la caída del invierno con su desorden multiplicado.
En cada puñado de ebriedad, corre el inventario de los relojes,
los líquidos del hambre,
las gotas de césped lamiendo el júbilo, la punta de la lengua
hilando el incendio del horizonte: las paredes sublevadas del cristal,
el manifiesto encabritado del agua, la sombra sobre la piedra,
espada furtiva rompiendo el equilibrio de los contornos.

Después de todo, la sombra, siempre resulta un espejo en medio
de los días profundos, frente a lo exhausto del suspiro
que ancla, de pronto, en el manantial de la desnudez, punto sutil
donde el lápiz, toca el cuaderno del oleaje.
Siempre la piedra, paralela a la aurora; piedra al fin, construyendo
la piel, ardiendo en la yerba violenta,
sin que ambos sangremos, sin que se prolongue el extravío,
sin que la vigilia deshaga la ropa, convulso ahogo de peces.
Frente al espejo, el bolsillo de los ojos, el portal de la memoria.

Barataria, septiermbre de 2011