Brota descalzo el vuelo sobre los juegos de lluvia y oídos.
Exhortan las lámparas al fuego, induce incita, este aguijón
que muerde a cada instante el vacío de ventanas,
dispara sobre el párpado la alucinación de las reses muertas
de la aurora, los collares de buitres en pos de las cobijas...
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INCITACIÓN AL VUELO
El nombre de las tierras y el del cielo se mudan
según donde estés tú o hayas de estar un día.
ELIZABETH BARRET
Brota descalzo el vuelo sobre los juegos de lluvia y oídos.
Exhortan las lámparas al fuego, induce incita, este aguijón
que muerde a cada instante el vacío de ventanas,
dispara sobre el párpado la alucinación de las reses muertas
de la aurora, los collares de buitres en pos de las cobijas
de la alcoba; sobre el petate, los féretros humedecidos por la salmuera,
la bruma del metal del susurro, collares negros de cementerios y,
sobre las criptas, agudas piedras de musgo.
Me provoca la inducción de los falsos arrullos: vomitan las aceras
imprevistos zapatos anegados de barro,
moscas encorvadas como una flauta en desuso,
como las tijeras en las manos de los fanáticos;
se alzan los pavos reales sobre las calles, imposibles rieles del tacto
en la espina cotidiana que pulula en la sangre. Levanto el surco
del páramo el lugares donde el aliento ha sido olvidado,
—Yo, vos, palabras ignoradas en el laberinto del aire,
esencias putrefactas que sostiene la tierra en su jardín culinario.
Ardamos en los amarillos tragaluces de las sombras,
cortinas negras en las baldosas de la zozobra,
aromas ahí en la hostia del felino, en la araña salomónica del tejado,
campanas de reumáticos horóscopos,
acaso la propia infamia en procesión del hálito.
Te invoco, te seduzco al vuelo: a quitar los días náufragos de la piel,
levantar la palabra debajo de las rocas, a darle forma al olfato,
sin que pierda su esencia a la hora del goce del papiro de incienso.
Me deslumbra cada vez el horizonte, el deseo de los puertos,
la orfandad que punza en el crepúsculo,
cuando vuelan lentos los recuerdos y el desgarramiento del semen
se vuelve trementina mortuoria.
—Vos, yo, en esta encrucijada de inevitables círculos sin estaciones,
más que todo el universo sitiado por tragaluces oscuros,
caballos con filo en los colmillos, cascos donde cortejamos los artificios,
manos de fuego en el ala del pájaro.
Todavía debemos encontrar el resquicio del aroma,
el nido donde no sea posible el péndulo de la ceniza con su boca
de felino, la razón donde los muros no sean grito,
ni la desnudez un póster pecaminoso, sino la palpitación natural
del pulso, justo en los racimos del polen que los sentidos
enhebran en el vuelo. No te incito a otra cosa, no.
Sino a que toquemos la melódica el cuaderno del tiempo sin candados,
a derribar las moscas de los malos recuerdos,
por un bolsillo repleto de lluvia: respirar en la gaviota de la memoria,
es hacer un largo viaje de auroras, es encontrarnos en lo subterráneo
de las sábanas con el innumerable galope del incienso.
Barataria, septiembre de 2011

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