También en las pupilas hay memoria, luz que en la fogata
guarda el tiempo del bosque; la densidad de los colores
sabe a la exploración de los caminos. Desde los tiempos más remotos,
ha sido el ojo, —pese a todos los equívocos que pueda suscitar—,
la estación clara y perenne de las persianas
Imagen tomada de Miswallpapers.net
FACULTAD DE LAS PUPILAS
Es la hora del sueño, de los labios resecos,
de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.
EFRAÍN HUERTA
También en las pupilas hay memoria, luz que en la fogata
guarda el tiempo del bosque; la densidad de los colores
sabe a la exploración de los caminos. Desde los tiempos más remotos,
ha sido el ojo, —pese a todos los equívocos que pueda suscitar—,
la estación clara y perenne de las persianas
que se abren como tapias en los sentidos.
Sé que a ratos he andado a tientas como las tardes que mueren,
lentas, en el entrecejo, como el corazón que mira los rieles
con nostalgia, como los nombres escritos en las hojas que borró el agua;
dolido de los cueros arrugados de la memoria,
me levanto y veo con simplicidad plena, la luz que,
pese a ser demencial, hincha de peces el fervor del pan.
No sé vivir de otra manera, si no a través de las pupilas,
son mi lengua por encima de los círculos de Dante,
la llama de mis vocales, las sílabas de mi espejo.
El alma brama frente a este universo de esqueletos:
los colores son tales cuando brillan en el rostro y no en el alma,
cuando las formas incesantes, vuelven esplendida la risa y los días
oscuros quedan en los rincones del cielo o las sábanas.
Llevo días relevando los inventarios del aliento;
agredo el cierzo a mordidas, callo frente a los jardines descarnados,
busco la piedad pétrea, la que no horadan los insectos,
ni se infecta con el estiércol.
Busco con mis lentes la luz y el sillón donde dormir;
y, aunque he visto cadáveres amargos, esqueletos de reses
y personas en los mataderos, quiero ver el viento claro
y el bosque celeste de la lluvia en los ojos.
La oscuridad me ha llevado a los gritos de la ceniza, pero también,
a la danza del espejo, a la fuente donde hablan los mosaicos congelados
del silencio. Mis ojos tejen jardines sobre las hamacas,
porque de otra manera sería difícil renunciar a los difuntos.
Siempre estoy viendo muelles con la desnudez del dolor,
con ese éter irremediable de las agonías: muerden las luciérnagas
a los balcones, aúllan como musgo las bolsas de plástico
y la basura, se enredan en las vértebras las lianas
de los cuchillos, ríe la fiebre del asesino en las espigas,
ignora el Fondo Monetario Internacional la ternura,
las cloacas y los vertederos conmueven a las sandías,
al plato que tambalea cada vez que le caen escupidas,
al grito perenne de la almádana en los oídos.
Aquí bebo toda la melancolía, las pupilas son mis palabras,
mi cuaderno, mi tinta: en cada zapato hay calcetines decapitados,
son insuficientes los mercados para abastecer la zozobra,
los días domingo para cultivar incienso. Los niños sin embargo,
en vez de jugar a otra cosa, juegan al juego de la lechuza
y al desencanto, juegan a la sombra que amanece en sus vértebras.
Barataria, septiembre de 2011

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada