Una vez fuimos fervientes al agua de las campanas. Subieron
las esferas a la espesura, los párpados alegres del pabilo,
el gozo en la hondura del sonido; fuimos la ventana en función
del lenguaje, por encima del sonido, adelgazamos los muros del pecho,
quitamos la pesadumbre de las calles, bramamos en la sangre,
ensordecidos por el fragor incesante del trino.
ESCALERA DEL DESEO
Hojas caídas de un zodíaco genital sin sucios temores,
como dos rodillas juntas,…
CARLOS ILLESCAS
Una vez fuimos fervientes al agua de las campanas. Subieron
las esferas a la espesura, los párpados alegres del pabilo,
el gozo en la hondura del sonido; fuimos la ventana en función
del lenguaje, por encima del sonido, adelgazamos los muros del pecho,
quitamos la pesadumbre de las calles, bramamos en la sangre,
ensordecidos por el fragor incesante del trino.
Vimos partir todos los escapularios de nuestras pupilas;
sin cansancio, arreciamos el fuego, todos los fuegos de la yesca,
nos inclinamos en la baranda del aire para probar el equilibrio
y era firme y era roca, hasta que el tiempo se robó el fuego
y en vez de dispersar los escapularios, éstos cobraron vida en nuestras
manos, a tal punto de hacer triste la danza del agua.
La felicidad es tan efímera como un vilano en el aire,
como todos los astros que descansan en la noche.
El tiempo es un cadáver en el petate de las sombras, muerde la luna
consagrada en el pecho, los pezones de yedra de las acequias,
el interior del espejo, trenzados chupamieles de los puertos.
¿Hacia dónde nos lleva este deseo desbocado,
aguas del interior aplacando el polvo, el soplo del vaivén cuando crujen
los ijares? ¿Hacia dónde el arco y la flecha, el fogón de jarros y manteles,
el balcón del jadeo que vuelve melaza la llovizna?
¿Qué destino de puentes hay que cruzar para que no pese el aliento,
ni la lengua deje de ser siempreviva, réplica del asombro en el telar?
—Desde siempre quiero escribir un poema que no cobre vida
en las elegías, sino que suba verbalizando el follaje,
cielo arriba como las banderas del cielo, que no se vuelva desechable
el perfume, ni aúlle cercano el olvido en medio del escombro.
Un largo poema como las promesas, conmovido por lo cierto del alba,
centro del pecho ahondado en las certezas.
Hoy quiero ser ajeno al olvido: quiero guardar todo el sonido
y recordarlo en el barco del colibrí, como un adoquín invulnerable,
al filo de los girasoles cautivos en mis sienes.
Como la vida me ha dado lecciones de peregrino: siempre voy,
estoy cautivo en el viento; voy, zarpo, pero no siempre hay peces
en la otra orilla del horizonte,
luz efímera que termina siendo sólo marea en el candil de la carencia.
Subo a la escalera del deseo, pese a la continuidad de los adioses;
a menudo es sordo este encierro, que no se escuchan los suspiros,
sólo el tranvía del tacto en el sigilo. Sólo es deseo que jamás llega a puerto.
Barataria, septiembre de 2011

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