A menudo, la plenitud es una conquista diaria:
sube el colibrí en su devoción a los malabarismos,
se elevan las corrientes tocando los límites de la saliva,
hunde el pensamiento los senos en la noche, la bodega del pecho,
los sentidos que amanecen, absolutos en el presente. Te nombro.
EN LA PIEL, EL ESPEJISMO DEL AGUA
En la piel, el espejismo del agua, el mundo revelado a contratiempo
y a contraluz, mapa en la obscenidad de lo móvil,
rojos desordenes envuelven las sombras, piedras detenidas
en la aurora, auroras en mi sed inacabada. Yerto el espejo,
vives sin embargo aquí en este río de siempre, siempre agua
el sonido, pronto el mimetismo en los poros.
Casi mortal el manantial de la hoguera, cimbrando los ijares;
Los insectos suben a la piel difuminada por la niebla:
a ratos todo es espejismo, fulguración del polvo en el torrente
sucesivo de las campánulas, breves silencios para largos olvidos,
distintos cada día como la sed en los ojos,
ciertos los rostros borrados por la ceniza, los pasos en medio
Del embudo, tifón de bocas en la piel, cópulas que me recuerdan
la locura en el balcón de la conciencia.
En la piel, los adobes de la desnudez, el horizonte abierto del musgo,
las semanas alrededor de los vilanos… En los brazos sucumbe
la lengua del agua. En los brazos el cuerpo difuso,
el olor a mano alzada en el rostro.
A menudo, la plenitud es una conquista diaria:
sube el colibrí en su devoción a los malabarismos,
se elevan las corrientes tocando los límites de la saliva,
hunde el pensamiento los senos en la noche, la bodega del pecho,
los sentidos que amanecen, absolutos en el presente. Te nombro.
Te llamo. Te toco. Te respiro. Te germino
hasta repartir toda el agua en el cuerpo, hasta deshojar
la flor insólita, ráfaga vívida que transcurre en el celo:
hacia la piel, los dedos sobre la yerba, hemisferios de agua,
sin retorno, desvelados dinteles en la inmersión ciega del taburete.
En el espejo la doble luz que se encarna en las pupilas,
el gemido en la espada: nazco en la luminosidad que me toca,
asombro es este pino con su espaciosa trementina, nudo
del trapecio del subsuelo donde el humus revela de manera
intacta, la fuerza del día y sus suplicios.
En la piel, las semanas tatuadas con la embriaguez abierta
de los pétalos; me amarra esta alberca de libélulas en plena
pizarra del día: alas, gritos, ojos, luz, manos, aguas aleteantes,
atravesando las palabras del cuerpo,
la jornada sin diques ni compuertas, sólo la lucidez de la locura,
el espejo que está ahí,
en el infinito, mordiendo las esferas del cielo, encima de la rama,
respirando los sonidos del cuerpo. Los cuerpos que se juntan
alrededor de la sombra idéntica al bosque,
inmaculada porción de las pupilas en pleno mundo de pupilas.
En la piel, el cielo hacia nosotros, hacia el lienzo de eucaliptos.
Barataria, septiembre de 2011

2 comentarios:
Suavidad de pétalos de senos mojados.. delicada sensación de los besos florecidos sobre mi piel.. esta piel... tu piel.. con aromas a yerbas cortadas espero sutilmente todo lo amado.. lo deseado.. y lo que quizás me beba a sorbos... muy lindo André...
Ledeska
Gracias, apreciada Sandra, por tu comentario. Mis mejores parabienes.
André Cruchaga
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