Hay otros surcos y otras heridas, lo sé…
Algo pasa en nuestro cuaderno viviente: líquidas las palabras,
el desvarío, el cuentagotas del derrumbe de la lluvia,
el día con las iníciales en la acequia del porvenir,
la realidad de tu nombre cernido en la puerta del hálito,...
EL SURCO QUE NO CICATRIZA
Es fuego el surco, herida de la voz y la conciencia; es sigilo, música
este llover en las paredes trasegando en pasto verde las pupilas.
Sé que detrás del vuelo corporal, hay pródigas libélulas,
sueños para desvivirse en el ayuno. Sueños…
allí pasan inadvertidos los olvidos, porque palpamos el presente
con todo el equipaje del viaje: en compañía el fuego y la almohada,
el alado diorama de los ángeles, el entrecejo feliz
al contemplarlo todo, gota de espejo abierta a las ventanas,
origen y destino en las manos sangrientas de linternas.
Vengo de tu íntima sombra, voy a tu sombra íntima, al centro
donde la desnudez confía, cuerpo quedado en mi escritura,
caídas y abismos como en un génesis,
envueltos en el perraje de nuestro propio equilibrio.
Hay otros surcos y otras heridas, lo sé…
Algo pasa en nuestro cuaderno viviente: líquidas las palabras,
el desvarío, el cuentagotas del derrumbe de la lluvia,
el día con las iníciales en la acequia del porvenir,
la realidad de tu nombre cernido en la puerta del hálito,
la alberca que pernoctó abierta al desprendimiento,
a este juego de lúdica saliva en plena intemperie, días enteros
de intercambiar ungüentos, acostumbrados al movimiento
profundo de las begonias en la respiración.
Sin que todo se descubra, soy húmeda carne en esta quema
incesante de visitaciones,
después será cualquier cosa: silencio, abandono, memoria,
y hasta vejamen, exilio; mientras, se llega a ese momento,
me arrimo al follaje del cuerpo, a ese albergue de entrañas sutiles
donde no importan las salidas, sino la sed de la entrada.
Después de todo, así escribo en manual de mis propias ansiedades:
los pechos consumidos, el instante anudado a esa herida
de miel y porfía y desprendimiento.
No importa cuánto existamos, ni la duración de la memoria;
no importa el tiempo que uno tarde en leer y desleer el propio
pálpito, cuando la herida es el centro de la sombra,
signo donde el ánfora derrama el soplo del polen.
Después de todo, no espero promesas y milagros: si cada día puedo
despertar sobre el surco en la obediencia del arroyo,
descifrando el enjambre dentro de la verja, combate de altura
en la secuencia del hambre, brasa del sexo en la herida.
Siempre supuse que divagaría en este laberinto planetario:
Siempre noche y día, desembarcando en la desmesura,
Siempre fiel a esta tortura de grieta alada, a este temblor de herida
Gozosa, a esta locura del poema en el laberinto del guijarro.
Barataria, septiembre de 2011

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