miércoles, 21 de septiembre de 2011

ATARDECER DEL VIENTO


En las calles rojas del salvajismo, el catecismo en las manos del miedo,
el viento a la caza de huesos,
la vida sin dientes, aguas pútridas en la alegría. Cuervos del estrépito.
Para calmar la tristeza, taladro las paredes,
la niebla tiene sembrados cementerios, jardineros vencidos
por la muerte que no cesa de aullar en la noche,
ni en los nombres del sueño que de niño aprendí al amanecer.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





ATARDECER DEL VIENTO




Ante cada atardecer, mi sangre en las paredes, las palabras en el golpe:
dilemas del extravío en el cántaro del fuego, hondos caminos
que escribe el viento, granizos de oscuridad cada mañana.
El caballo del viento profana la saliva, el sollozo se ha vuelto siniestro
aun para los verdugos que horadan el calendario,
—siempre mi hálito en desasosiego, como un aprendizaje proscrito
en tiempos donde la luz es frágil y los rostros por dentro
se han vuelto cárceles ensimismadas, aceras de hipocresía.
Atardece en los ojos: no encuentro razones para que el asesino
ande suelto, y las ciudades se hayan vuelto himnos fúnebres, calabozos
con perpetuos estandartes, despiadada oscuridad de cuchillos,
ceniza imborrable en las vitrina.

El viento me trae el olor de los muertos, hundida la cuchara
en los esqueletos, tambores de muerte desde las baldosas al oído,
instrumentos que convierten el silencio en salmuera.
En las calles rojas del salvajismo, el catecismo en las manos del miedo,
el viento a la caza de huesos,
la vida sin dientes, aguas pútridas en la alegría. Cuervos del estrépito.
Para calmar la tristeza, taladro las paredes,
la niebla tiene sembrados cementerios, jardineros vencidos
por la muerte que no cesa de aullar en la noche,
ni en los nombres del sueño que de niño aprendí al amanecer.

Cada día recuerdo con mayor insistencia estos minutos
rehaciéndose en las manos, los paisajes caducados de siempre,
las huellas dispersas en las gotas del alba,
esta dispersión del pálpito en el sombrero de las aceras.
Bajo el atardecer del viento, todo es incierto: caminos vacíos
El firmamento de la carne que comerán un buen día los gusanos,
Sin mayor reparo que los folios de un náufrago en la borrasca.
A la orilla de las ventanas, arrecia la tormenta,
el País con la costumbre de platicar con los cuervos,
los espectros como un reloj de oscuridades absolutas,
los decapitados ya sin el dolor que tuvieron.
Pero no sólo son estas sombras las que deliran: también las sombras
Vivientes en los ojos,
los niños, los adultos, ceñidos a la muerte. Sombras sin perecer
cuando atardece. Sombras sin luz, roídas por el tiempo.

Cuando atardece, la destrucción es absoluta: ciego estoy de brazos
Y dudas; ciego en realidad, de esperas que no duerman
En lo pétreo de la noche, sino en el vitral de alguna rama
Con nombres amables, con labios que respondan al suplicio.
¿Por qué este dolor riguroso de escapulario, más espeso
Que una osamenta triturada? —Moriré, sin duda, en la fiebre
de los meses cuando éstos abran las puertas para que salgan
las moscas y mi carne haya sido disecada por el aire.

Barataria, septiembre de 2011