A un paso de las aguas, como lección cotidiana, la noche
agazapada en la ventana, días de monótonos jadeos, imaginar
la luz desde las paredes oscuras de la garganta: viento de sexo
en el postigo de la lengua, minutos distintos cada día del júbilo,
filtrados en la llaga del paisaje.
Imagen tomada de Miswallpapers.net
AHORA SON VIENTO DE LIBÉLULAS LAS AGUAS
Y se alejó, callada nube negra.
OCTAVIO PAZ
A un paso de las aguas, como lección cotidiana, la noche
agazapada en la ventana, días de monótonos jadeos, imaginar
la luz desde las paredes oscuras de la garganta: viento de sexo
en el postigo de la lengua, minutos distintos cada día del júbilo,
filtrados en la llaga del paisaje. Camino y, siempre el mismo paraje:
la inseguridad, mordiendo las estatuas como roca necesaria
del extravío. Días de derrumbes y contradicciones,
brazos vencidos del carámbano que se hunde incubando
malos augurios en el aliento; al cabo, —ha pasado el fragor
de la asfixia, la memoria de las cosas cimbrada en los recuerdos
de cuando cada página era una fronda
donde se escribían las distancias húmedas del apego.
Ahora ya no sé qué cielo hace efervescente los sueños,
ni si la fuga es mejor que la ausencia de los sueños,
ni si el silencio deja prolongar los fríos del espejo cuando aún llueve
en la entraña de este cuerpo inundado de ciudades grises,
casi moribundas. (Nunca fue fácil cargar esta dolencia de tormentas,
ni la falsa transparencia de los peces en la noche,
copada a menudo de abandonados caminos.
Siempre me conmueven las almas huérfanas en la oscuridad,
porque es la mía, también, que ciega deambula mientras la carne
se quiebra en la ansiedad derramada en el tacto.
Un día no seremos —vos y yo— esta dolencia de nocturnas distancias,
ahogados en el miedo, sino sólo la idea de dos cuerpos
confundidos por la pesadez del tiempo. Seremos quizá,
esqueletos en la sombra, ceniza después de haber soportado
todos los fuegos del planeta.) Me quedan, sin embardo,
los zapatos repletos de caminos, el zarcillo del jadeo,
el río despeñado del orgasmo como un rebaño de alientos
entre la maleza. Me queda el tiempo con los dedos del pretérito,
el feliz enjambre subiendo a mi olfato,
todos los diálogos arrimados al musgo.
Ahora sé que el viento de las libélulas se ha hecho agua y sobresaltos
arraigados a mis cabellos. Todas las sílabas deambulan
en esta cadena de premoniciones: la partida,
los caballos retirados del calendario, la historia agridulce de la neblina,
la hojarasca al punto del sollozo.
La perplejidad es parte de esta noche que se adentra,
sin retroceder en el suspiro; las aguas terminan siendo sembradío
de los ojos, hundidos cuerpos en el abismo.
Ya no hay nada que puede detener el descenso:
alrededor de las esquinas crece el ahogo; donde una vez hubo claridad
sin horarios, hay espinas y utensilios para sajar la esperanza.
Sobre el filo del paredón, el poema, el puñal de la tinta rompiendo
el papiro del pecho, el estanque con ausencia de jadeos…
Barataria, septiembre de 2011

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