sábado, 10 de septiembre de 2011

AHORA, EN INVIERNO

Ahora el invierno y las puertas de la noche aquí en los hombros;
Antes fue el parpadeo del pájaro en la rama de las sábanas,
El tiempo contrario a las luces de diciembre. La piel ajada
Por el escalofrío; —De espaldas el paladar y las sombras.





AHORA, EN INVIERNO






Ahora el invierno y las puertas de la noche aquí en los hombros;
Antes fue el parpadeo del pájaro en la rama de las sábanas,
El tiempo contrario a las luces de diciembre. La piel ajada
Por el escalofrío; —De espaldas el paladar y las sombras.
(Antes te veía todos los días en el rompeolas de las ventanas):
Había esa complicidad con la lluvia, y un deseo de luz para leer
El murmullo del agua en el sueño. Ahora todo juicio me desvela,
Incluso las inmunidades. Las huellas incandescentes en mi interior
Pulsan el frío: Gime la piedra de la paciencia en la multitud de destinos,
—La ignorancia desangra la respiración, —tierra desvelada—,
En el reparto de los ojos, en el sueño de ciertas floraciones de espuma.

A menudo la vida se pierde en las vísceras de los juegos domésticos.

Dónde hallar la dulzura cuando la caricia es íngrima,
Y las palabras se abren como simples chamizas entre la broza espesa
De los siglos. —Quién es el arca para nacer de nuevo en los ojos,
Nacer sin la maleza del pavor. Nacer en el zumo virgen del zodíaco.
Hoy las falencias son mayores pese a tener un mundo con más zapatos.
—La energía nuclear se quiere repartir como condones
Entre rostros de obstinado cansancio, entre guerreros de oscuro aliento.
El mundo cada vez es póstumo en los espejos, el polen se trasiega
En grandes redes de miseria. Pero la vida se resiste a los discursos.

(Mientras tú y yo, amor, qué hacemos con este cofre de óxido vivo;
¿Qué hacemos con estas manos desveladas en el costado, con esta
Ascua de nuestro desvarío a punto de beber la hipnosis del anhelo
Y la inminencia en tu mojado respiro?)…
Cada vez la balanza no sirve para salvar las igualdades, ni permear
A los cazadores furtivos de la noche, ni unir los puntos equidistantes
De los golpes en las mazmorras del espíritu. —la noche del mundo
Amedrenta con su falso estupor de sibarita, con su falo de destellos
Pudibundos. La niebla es mayor que el soplo que transita en las sienes.
La tormenta arrecia, voraz, por los cuatro costados del abismo.
(Un día ya no seremos herético fuego, ni boca hambrienta en esa
Herida de la hoguera tuya, anzuelo de mi sangre pulsante).

La abundancia sólo se ve rodando en los grandes casinos; los billetes
Tapizan las manos, pero hacen falta supermercados en la garganta,
Y escuelas menos patéticas que los puentes colgantes, y farmacias
Para la felicidad, y ciudades con azúcar y vainilla y días con luces
Domésticas en todas las calles y avenidas…
Las respiraciones de Magritte me devuelven el pensamiento. El ahogo
De los perros después de la niebla, las ventanas ordeñando grillos,
La falta de liquidez en los bolsillos, la leche de los murciélagos
En las cortinas, la codicia con sus garras como un lisiado indemne.

Luego la sobremesa de la usura con su tórrido filo. Los cines con armas
Virulentas, orinados en el celuloide de múltiples colillas.
Como nací sin semáforos, detesto su intermitencia. Detesto las escaleras
De la zozobra que producen los grandes Cónclaves,
Ciertas imágenes colgadas de rascacielos; y en cambio, prefiero,
La epidemia de la utopía y la sangre gemela de los candiles
Sobre mis libros…

Barataria, 05.VII.2009