jueves, 4 de agosto de 2011

VIOLÍN ROJO DEL PORO DESNUDO


En las cuatro esquinas de los poros, el violín desnudo del fuego,
el siempreviva de las calles en el calendario de todos los días;
en el olvido la desnudez de los inviernos;
el alba, antes de morir, en las telarañas, en cada duende que juega
con la lámpara del fuego, voces de asonante garganta.
Becks Mill Salem Indiana, Imagen tomada de Miswallpapers.net






VIOLÍN ROJO DEL PORO DESNUDO




No has de reverenciar las brasas…
PERE BESSÓ




En las cuatro esquinas de los poros, el violín desnudo del fuego,
el siempreviva de las calles en el calendario de todos los días;
en el olvido la desnudez de los inviernos;
el alba, antes de morir, en las telarañas, en cada duende que juega
con la lámpara del fuego, voces de asonante garganta.
Desde el espejo la tierra se eleva al ala, torcaz de sábana y aurora,
azúcar humedecida en los ijares y el entrecejo,
Melódicas de inefable musgo, crecientes techos atravesando nostalgias.
En cada huella que queda en el barro,
el asombro encorva mis costillas, los dedos semibárbaros del fluido,
la dimensión del aliento en la razón del fuego.
Siempre resulta sacramental caminar descalzo sobre espinas,
ante el surco, la mesa servida de la cumbre: la cocina, el mantel
el alimento, el magnetismo de empinarme hacia el aire,
hacia el laberinto rojo del poro, sustancia asida en mis manos.

(Gastamos nuestros mejores días en esas discusiones que nunca
llevan a nada: reumatismo de horas y perennes hormigas,
ropa sucia sobre las baldosas, cuadernos desechos
por el sudor de la tinta, pabilos de indiferentes cortinas.
Entre recuerdos y congojas, historia de viajeros sin itinerario,
pretextos, caracoles de un náufrago en el olfato,
colillas a punto de extinguirse en la ceniza, buzo ciego el violín
en el olvido de tanta piel, aquello que el deseo hincha en la agitación
de la espuma de olas y pañuelos,
de puertos y costas, de ungüentos, incienso y papiro.
El tiempo no tiene la serenidad de caminos rurales y solitarios:
al contrario es una luz que continuamente rasga los olvidos,
suspiro como el ciprés herido en el crepúsculo.
Gastamos la desnudez de la saliva en la saliva, abrigo de sombras
sin misterio, ciclón suspendido de la música en los sentidos.)

Toda reverencia, conlleva flechas mortuorias. Sobre el gemido
del vuelo caducado, hace su oficio la rama de la escoria;
sobre el violín cerrado, la cuerda inevitable del luto, la estación
ahogada de los brazos, el terrón de sal suspendido en el eco.
Queda en cada estremecimiento, el vicio imprevisto de la porfía,
Los bajíos del latido, los cuentos inconclusos,
a menudo, también, el suplicio con su propio cortejo de esquirlas.
Pese a ello, reincidimos en las astillas del resquicio,
en la gota de designio que quema el fuego: siempre habrá
en el pecho, un océano de laberintos, un silencio de nidos,
y hasta la milpa quemada del olvido. La misma ceniza del péndulo.

Barataria, agosto de 2011