Un día de estos quemaré todas las palabras y las fotografías.
Todo el territorio quemado de mi voz, las esperas que nunca
tuvieron final feliz en la herida haciéndose agua. Nada puede
salvarse pese a tantas paredes abolidas del martirio,...
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UN DÍA DE ESTOS, LA VOZ INSALVABLE
Cuando sufra la inmensa soledad de las hormigas
y comulgue con mi vértigo al percho
con mi señal remota
me acordaré de ti.
ANISLEY MIRAZ LLADOSA
Un día de estos quemaré todas las palabras y las fotografías.
Todo el territorio quemado de mi voz, las esperas que nunca
tuvieron final feliz en la herida haciéndose agua. Nada puede
salvarse pese a tantas paredes abolidas del martirio,
nada es en estos días vencidos de puertas, sin remedio
en el juego de dados de las cometas, — sordos los sueños
en la intemperie. Sordos los sueños en el tabanco,
erráticas las ventanas simuladas del hambre: ya nada tengo que andar
y perder cuando la falsedad ha llegado hasta la respiración
y en las sienes son densas las querellas.
Un día de estos será imposible salvar mi propia voz
de los cataclismos: he perdido destinatarios y ganado espacios
para el monólogo de las luciérnagas. ¿Hacia dónde hablar,
después de todo? ¿Hacia qué cenicero respira la eternidad,
el azogue oscuro de los girasoles, los mapas sin pájaros?
¿En qué cobertizo debo guarecer mis ojos, la polilla que dejan
las colillas, los paraguas inclinados hacia el olvido?
—Tengo la certidumbre de que todo lo imaginado es cierto;
tan cierto como querer salvar cuervos en el delirio, la ternura
que fue despojada de la sed. Asistimos a la ira y a las alambradas;
crecen las copas oscuras de los sombreros, la trama de las hamacas
colgadas del horcón de la buena suerte;
miro sedientos de pájaros los hilos del horizonte,
cabalgan en silencio las líneas del telégrafo y los buitres que una vez
maduraron en mis tropezones. ¿Debo pensar, acaso, en nuevos
destinatarios, nombrar la eternidad con el lápiz de la aurora?
—Cada respuesta, es la debilidad de mi propia escritura,
la voz que se pierde en el oficio de las fechas. Hay otros mares
y otros trenes donde despierta el misterio con su potestad de alimento
para el aliento. Ahora estoy urgido de vértigo.
Debo suponer que tampoco vale la pena evocar las botellas de mar,
ahora que la sonrisa ha dejado de ser manantial
y sobre ella pesa el murmullo gris de la memoria con sus menguantes;
ahora que las aguas han elegido la breña
y las sombrillas han perdido las frondas del camino;
ahora que los derroteros son diferentes y la voz un eco aletargado
donde caminan los espejos rotos de la herrumbre.
Nada puede salvarse es cierto, pero queda la huella a oscuras
Como el guijarro de la deshora en el mutismo,
Como aquél espejismo que inventó arcanos en medio de la noche.
Queda, pues, para bien de la melancolía, la tristeza rodeando
Los ojos, el cuerpo deshojando la noche,
La desnudez abierta al paisaje de la memoria, música que nos obliga
A pensar, allí, en el tren sin piedad de cada instante.
Barataria, agosto de 2011

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