Al andar sobre las aguas, he colmado mi sed. Llevo en los hombros
el invierno presuroso, el reloj como un dique, los afluentes
de mis manos sosteniendo el paraguas de los sueños.
—Guárdame —le digo— junto al asombro espeso del trino, junto
a la montura líquida del agua, sin el absurdo de los límites.
RELOJ DEL INVIERNO
Este pacto que hago
a solas con la muerte, es mi vigilia.
ALPIDIO ALONSO GRAU
Al andar sobre las aguas, he colmado mi sed. Llevo en los hombros
el invierno presuroso, el reloj como un dique, los afluentes
de mis manos sosteniendo el paraguas de los sueños.
—Guárdame —le digo— junto al asombro espeso del trino, junto
a la montura líquida del agua, sin el absurdo de los límites.
Guárdame, sí, junto a la sirena de los rituales, ánfora del instante
colgada de las puertas del cirio,
de las agujas que invocan cada minuto sobre la fragancia
íntima del seno, pues si no hay júbilo y gozo, ni ternura, prefiero
anticipadamente, la esencia secreta, oscura de la cicuta.
El reloj del tiempo es tan cierto como los puertos:
al andar nada puede quedarse atrás, —salvo, claro— los caminos
y su tempestad de sal y peces; nada puede quedarse después
de escribir con dolor, la palabra que ahora arde en el polen.
(Porque el ala es un ir y venir en la distancia del tiempo
debo permanecer en la transparencia del ojo y no en el encaje
herido de la noche, no en el párpado afilado de la piedra;
en la tempestad, la respiración saca a relucir sus solapas:
el cielo abre los abismos del sexo, el destello líquido del preludio,
la piel que pestañea en el reloj de fuego del cuerpo.
Sé que hay inviernos y relojes distintos a nosotros, distintos
a hoy y mañana, a cada instante ilimitado del viento y las ventanas:
todo se vuelve fugaz en el pecho, salvo el hueco de la sed
que queda en el armario de los días, en el reloj inasible de lo eterno.
Porque vivo a destiempo me marcan los minutos como el fierro,
como el espejo arrimado a la ventana que atraviesa las hebras
del delirio, el temblor de los sueños.)
Vivo en el camino que duerme en mí. En la lágrima de la luciérnaga,
y sin embargo, sigo en la soledad del párpado con innumerables
sombreros y paraguas, entre el nido y el césped del planeta.
El reloj del invierno cuando respiro muerde los párpados y el humo
de los matorrales, muerde la luz cernida en los poros,
el baúl del sexo tras la fragua del calendario en el pabilo.
Ya me he acostumbrado a un invierno y a otro, a todos los juegos
y gozos, a desmayarme en las telarañas de la Esperanza,
a la doliente liturgia de los relojes que no juegan a la eternidad,
sino al fuego que consume y destierra, severo pinar en la sombra
descarnada de la sangre. Algo queda, sin duda, mientras el alma
trena en la travesía: murmullo audible del crepitar del tránsito,
instante de aguas para el alquimista del zodíaco o la cábala.
Barataria, agosto de 2011

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