La noche desnuda en el pestañeo de tus poros, lagos,
islas de párpados, colinas descubiertas bajo los balcones
de la lengua, claridad de sílabas donde silban los cascos del susurro,
la voz de la flor al rasguño, días nunca agotados por más semanas
invisibles en el yute del aliento.
RECURRENCIAS DEL OFICIO
Ahora me pregunto qué fue de aquellos fuegos
y de su norte, la ceniza.
BLANCA ANDREU
La noche desnuda en el pestañeo de tus poros, lagos,
islas de párpados, colinas descubiertas bajo los balcones
de la lengua, claridad de sílabas donde silban los cascos del susurro,
la voz de la flor al rasguño, días nunca agotados por más semanas
invisibles en el yute del aliento.
Devota la claridad revelada en las ingles, pequeños hundimientos
de la memoria desde las recurrencias del cuerpo, oficio al fin,
de caminar sobre el fuego, hacer el fuego en cada labio presentido.
A menudo se siente breve el laberinto de la cueva,
pero es sólo el ombligo en mi ceguera el que disfraza
o revela el matorral agitado de las palabras, el tallo vertical del poema
el que, en su escalofrío, repta los líquidos del magma,
el humano grito enronquecido en los hilos de las telarañas.
¿Qué círculo inevitable es este de atrapar pájaros con guitarras,
y melódicas en la sonata del cuaderno? —Sin duda,
cada vez muerdo los calcañales del campanario,
la hora que arrastra el ojo en medio de las persianas,
el filo de la fragancia tan constante como la porfía del tropel del viento
en la gravedad del tumbo de la ola. Todo resulta ser, pues,
recurrencias del oficio: la deidad de las panaderías con la levadura
elevada a los siete círculos de las esquinas,
el triángulo semiurbano que chirria en mis oídos y luego desborda
mis inviernos, quizá la dentellada para que se abran las rendijas,
quizá el legajo de tinta sobre el cuaderno,
la vocación de quedarnos en la aurora hasta hacerla doméstica
como las aves de corral de los capullos.
(A veces me quedo como un roedor, simplemente, masticando
los recuerdos, contemplando la flacidez después de la batalla,
cuando el poema ha concluido y hay que afilar la luz para la nueva atarraya.
Sea, pues, la verdad frente a la puerta, la que ajuste
las pupilas a los dos mundos del letargo, —desvarío por vocación
a la tormenta, en la mano del aire abierta al escondrijo azul de la altura.
Toda la vida está llena de ciénagas y pasadizos,
desolladas escaleras del azúcar en el vientre,
muy a pesar de la voluntad y las urgencias.)
A mitad del rojo de la Esperanza, el bulto impreciso de las bragas
disuelto en las palabras como la humanidad acurrucada de hoy en día;
puentes atrapados en la golosina del lamido,
el oficio de buscar la consonancia, limpiar la breña del infinito
para que la página quede límpida como el espejo,
sólo con el ritmo preciso, sin más cesura que la madrugada en el tacto,
blanca sed del silencio en la alta mar del panal y la colmena.
Por desgracia, siempre vuelvo al mismo río de la historia,
para dibujar el sexo de las palabras allí donde repican las olas,
la pócima de tierra de mi Universo…
Barataria, agosto de 2011

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