jueves, 11 de agosto de 2011

LOS PIES EN EL UMBRAL


De tanto caminar, fatigado, llego al umbral, recobro el hondo
aliento de las puertas, tantos labios absortos a la espera
de una guitarra, las manos que anhelan consumar la tarde,
la salvación del trompo, el niño que fuimos siempre aun en el sofoco.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





LOS PIES EN EL UMBRAL




¿Qué buscaba mi afán entre la noche?
¿Quién me libró del sigiloso viaje?
MARGARITA PAZ PAREDES




De tanto caminar, fatigado, llego al umbral, recobro el hondo
aliento de las puertas, tantos labios absortos a la espera
de una guitarra, las manos que anhelan consumar la tarde,
la salvación del trompo, el niño que fuimos siempre aun en el sofoco.
Llego. Estoy a tiempo de poner los pies sobre la tierra,
tocar firme, sombreros y paraguas, correr invicto tras el lenguaje,
las palabras venideras en el aire.
Cierro la espuma errátil del aliento, opto por el aire de la evidencia:
me acompaña la confianza de lo vivido, el huerto del silencio,
las semillas que he ido guardando en los rincones de la memoria;
así es como han perdurado los vitrales,
mi vida silvestre, manteles que las luciérnagas erigen como césped.
A menudo el umbral tiene imanes de eternidad, desatados respiros,
lúcidas sombras como un armario con pájaros.

(Después de todo, siempre hay carencias:
la porfía de la almohada que a veces rompe los pensamientos
benignos, la escoria que de pronto nos da su estallido agrio,
el ardimiento de los lóbulos ante la queja.
En este tiempo no sé si sea posible alcanzar la plenitud del regocijo,
saltar el terraplén del miedo, la alberca del cieno, embriagar
lo palpable de nuevos relojes, resistir a la tentación de la ceniza.
cada palabra tiene, a menudo, crespones de féretros,
abadías de cascajo donde sólo crece la breña y el ojo sin pizarras.
Debo suponer que la miseria a veces se vuelve inoíble
Frente a la albarda del huracán, estrépitos de roca a almadanazos.)

—Intento poner las cosas en orden antes de que anochezca:
prefiero siempre el chubasco de la aurora,
a tanta tempestad urgida de muertos, a tanta purulencia en el fluido
de la ventana; es mucho más gratificante pensar en el pabilo
de los trenes, en el parpadeo del pétalo en los anteojos.
A tanto camino andado, la sangre se ha entregado al vuelo:
así, entonces, soy capaz de avizorar el juego del aire,
mi propia utopía que no tiene nada de extrahumano, sino lecturas
en el cuaderno de los parques, íntimo cristal de los deseos.
Al fondo de la casa habitada, el timbal de los alelíes,
al turbante de los fósforos, el pozo donde cavilan los relámpagos.

Al fondo, en el umbral, el acertijo de mis zapatos,
la hora que me acompaña en la hamaca con todos los recuerdos:
los pretéritos juntos como una roca de jade,
con la misma claridad con que clarea el gallo la mata de rocío.
Lo demás es sólo tránsito y horas, letanía transida del espejo,
El ahogo que el aire despierta en las aguas.

Barataria, agosto de 2011