domingo, 28 de agosto de 2011

EN LA TARDE, LOS TRUENOS, LA LLUVIA…


Vastedad de truenos y lluvia. La tarde se encamina a la bruma;
estar aquí agarrado del sostén de las gotas, suerte de escapulario
y espejismo, tiempo frenético del abismo donde aclamo
la lumbre inasible de la memoria que habita la carne.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





EN LA TARDE, LOS TRUENOS, LA LLUVIA…




Ahora siento cómo me duelen las palabras
cada vez que hundo mi voz en sus pupilas,
para salvarme de su olvido impenetrable.
SIMÓN DARÍO RAMÍREZ




Vastedad de truenos y lluvia. La tarde se encamina a la bruma;
estar aquí agarrado del sostén de las gotas, suerte de escapulario
y espejismo, tiempo frenético del abismo donde aclamo
la lumbre inasible de la memoria que habita la carne.
Míos son los nombres cercanos a las acequias: nombres, digo,
que abren el cuerpo ante tanta caída, vacíos en el duelo
de la ausencia, abajo los pies descalzos sobre la tierra.
En la tarde, simplemente.

En la tarde, despierto al litoral de la palabra que circunda
los alrededores; los truenos, la lluvia, con distintas calles y razones
para habitarla. En la tarde. Es de tarde. Y llueve.
Y llueve como lloran las alas, en el caos del aire, en la orfandad
que produce el vejamen; días enteros llueve.
Días enteros, la tarde de la infancia en el silencio; sólo el trueno,
mismo que hace harapos el rostro, asoma el abandono con lamento,
juego a la evasión de tantos antifaces, exorcizo mi propio falo,
hasta arquear el espejo de los barcos.

En la tarde es tarde y los truenos y la lluvia,
hilvano días que me sean vivibles,
los días sin deshora, la hora que empeñe su brillo en mi aliento
donde ya nada despierte otras sombras de indecisos murciélagos.
Soy parte de ese humillo que brota de la colilla ya casi agotada
por el aire, aunque el escepticismo juega con sus balsas,
juegan los peces de colores como juguetes en la acequia
de esta sangre que gime. Es tarde. Y sin embargo,
siempre es tarde, para desafiar largas palabras en desorden,
aventurarme al delirio en la pizarra del agua, volver la memoria
a la neblina de lo amado,
escribir un largo poema sobre la ternura. Es tarde para andar
en los andenes del fango; todo me obliga por ahora al silencio.
Debo contemplar, por si acaso, el paisaje que me queda,
esta neblina que a ratos aúlla, del brazo de mi lengua, viaje por fin
incurable. Es tarde. Siempre es tarde en la tarde.

Siempre es tarde, aquí: lo digo cuando las osamentas me aturden
y trato, —así de simple—, de purificarme en la marcha,
de contagiarme de puertas sin doblar las rodillas.
Los truenos, la lluvia. Esta lluvia sin pasar el puente invitado,
esta piedra de cansancio en la garganta,
el ardor de las paredes en los labios. La soledad trepando a la madera.
Todo el subsuelo en trance de fuga, la niebla abstraída
en cada uno de mis epitafios que, por cierto, empiezan a tomar forma.
En la tarde, siempre es tarde. Tarde para todo lo que nutrió
la ausencia, la lección de la piedra sobre el agua…

Barataria, agosto de 2011

2 comentarios:

Leticia dijo...

Andre, el poema es un juego que llena el sentimiento de imágenes poderosas, la evocación hace su parte y el placer cierra, al compás de los puntos suspensivos al final, el recorrido aciago por tu poesía.
Te abrazo poeta.

André Cruchaga dijo...

Muchas gracias, Poeta leticia, por tu visita y comentario a este Cuaderno hecho de durísimas --a menudo--oscuridades. Yo adoro tu poesía y la gozo en el alto vuelo que la rodea.

Te devuelvo el abrazo,

André Cruchaga