Rolando Elías, El Salvador, +1999
DE: CEREMONIA DEL FUEGO QUE FENECE
(Fragmento)
Al poeta Rolando Elías, in memoriam.
[Este diálogo imaginario lo escribí, cuando el poeta y amigo Rolando Elías, estaba en lecho de muerte, 1940-1999. Hoy transcribo un fragmento como un tributo a la amistad y a la poesía. No he querido cambiarle comas, ni tildes. Lo publico tal cual salió. André Cruchaga]
Poeta 1
Hay una larga sequedad en la Esperanza.
Hay sombras de mármol en la conciencia.
Hay vanos ángeles en los sueños.
Hay tumbas en el orgasmo de los árboles:
savia sacra de la materia entre losas.
Hay una luz que no duerme:
ovejas de dulce ingenuidad.
Hay en las lágrimas un hilo apretado
de vagas noches sin raíces.
Hay frases de una densa impaciencia:
mojado corazón de los labios.
Hay inmortalidad en las palabras
del gusano que roe lentamente la carne.
Hay ocaso en el secreto alado de los nombres,
en la mente que sueña, en el delirio del alma.
Hay herrumbre en el silencio
como libros gastados que cierran su ciclo.
Hay polvo picoteando los párpados;
pero no polvo enamorado
como dijese don Francisco de Quevedo,
sino polvo deshaciendo la vida en vacíos inefables.
Poeta 2
La muerte es mágica:
desangra los tiempos o los coagula.
Se habla de la vida que retorna desde los muertos,
del alma, del espíritu y lo eterno.
De pronto me doy cuenta que la muerte es inexplicable:
en ella transitan paisajes alados
ríos de pájaros entre las sombras
caminos que sueñan
en las escalera de las nubes.
Poeta 1
No muere sólo la carne que mantiene
las estaciones de la vida,
sino el hálito infinito de fe y Esperanza.
Por desgracia, hablo de una y otra muerte:
la que me envolverá un día con el musgo;
la otra, la que deshace el interior del alma.
Es un eco abriendo la memoria:
vitral de bolsillos rotos
o noche infinita de sollozos.
Hay relojes efímeros como la hoguera;
se reza y los labios sangran.
Ya lo dijo Rubén: “Agobiada conciencia
mata el ideal de pronto”.
¡Ah, “yo soy un esqueleto misterioso y escueto;
Guardián de mis abismos y mis sombras”!
Poeta 2
Se viene de un mar de símbolos viscerales.
Esa es la primera batalla que se libra;
luego se inventan las parábolas y los sueños.
El milenario resplandor del orgasmo,
los audífonos ancestrales de la cópula,
los desnudos pétalos de la luz,
la bitácora sutil de las emociones:
el amor con sus eternos ausoles.
Después el pulso calla sus líquenes;
el ideal —aquél ideal enhiesto— tórnase bruma
y muere ante la prominente realidad
que nos impone el frío de las soledades.
Poeta 1
Bebo el humo de la noche
en la vasija del invierno donde están mis sueños.
De madera ha sido hecha mi vestidura final
y de oscuros infinitos mi futuro.
Hay cosas que quedan en el horizonte:
los meandros de la memoria
que hacen de las aguas
cárceles de apretados fantasmas.
Poeta 2
¡La vida, erosión de los vientos!
De todos los vientos que empujan a un barranco sin latidos.
De todos los sueños sin verdor ni raíces.
De toda la muerte convertida en tierra.
De toda la fe hecha herrumbre.
¡Ah, humano espejo de martirios!
Poeta 1
Resisto a la oscuridad que desciende;
he sentido el llamado.
Dichosa tú, muerte, siempre lúcida;
resplandeciente lluvia que quiebra en brevedad
la espiga temprana o adusta.
Tú, eterna y honda y diligente.
Siempre encarnada en los recintos de la carne.
Siempre en la flama de la luz.
Siempre como arpón en la mesa de las ilusiones.
Siempre sombra súbita en la arenilla del amanecer.
Siempre sueño final sin la urgencia del reloj.
Siempre una piedra en la doctrina subterránea de la tierra.
Siempre eterna y honda. Siempre súbita e insólita.
Siempre desnuda y tenaz. Siempre pájaro o lágrima.
Siempre todas y la misma.
Siempre todas y la misma.
Siempre... y sin embargo, presente en la Gracia de la vida.
Poeta 2
De qué vale matar los infortunios,
si ellos por sí mismos son cadáveres:
bestias del dolor,
llanto del vacío en la angustia.
Lo putrefacto de las entrañas sé que es genésico:
un barco lento como la noche.
Se nace; y ya, muerte, proclamas la victoria final.
Minuto a minuto la vida corroe los ijares.
El cuerpo gime en el abanico del aliento,
e incesante arde en los silbidos del fuego.
Así se va corroyendo el alma.
Así se va sollozante el pájaro de la vida:
rosas, suspiros enlutados del calendario.
Sobre los cabellos del viento —lucero galopante—
la ternura hecha ceniza, la palabra revelada por la salmuera.
André Cruchaga

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