Soy el tiempo acumulado en los cementerios. El plural proscrito
de las palabras, el vilo de las fotografías en el cartapacio de la muerte.
He andado el calendario en los calcetines de mi muerte;
encomiendo mis cuadernos a la lluvia, doy un abrazo desenfadado...
Imagen de André Cruchaga
TIEMPO ACUMULADO EN CEMENTERIOS
There is no pain you are receding
a distant ship, smoke on the horizon.
you are only coming through in waves.
PINK FLOYD
Soy el tiempo acumulado en los cementerios. El plural proscrito
de las palabras, el vilo de las fotografías en el cartapacio de la muerte.
He andado el calendario en los calcetines de mi muerte;
encomiendo mis cuadernos a la lluvia, doy un abrazo desenfadado
a la eternidad de mi alfabeto, muerdo el pespunte de los pétalos;
cuanta sombra me abraza, la recibo con determinación:
he puesto a prueba todos mis ardores, la capilla de los relámpagos,
el molde la cópula como azor de mis suspiros,
el aire líquido que roza algún ombligo, la caja de Pandora
de la resaca en mis días de bohemio. Siempre hay un momento
para besar la noche y hacer un recuento
de todas las estrellas del cielo; a falta de medicina para la neurosis
y la ansiedad de las carretas, debo enfrascarme en el prisma del silencio,
cultivar legumbres en la intimidad de mi cuaderno.
Siempre muerdo el incienso de las sepulturas: hay telarañas
en la embriaguez del deseo, cementerio de horas, epitafios que convocan
al sigilo, cruces gastadas de tanta intemperie.
Camino en medio de los días grises de las calles, puertas sin umbral
en los pasadizos secretos de la piel,
ruedas de prensa con olor a vinagre
y ángeles profundos que cruzan el matorral.
Desde luego no me confío
de esta estampa inerte, ni del desván hecho de ceniza, ni de las lisonjas,
ni de los sabios que le madrugan al reloj para sorprender a los incautos.
Me río, desde luego, de tantos nombres desteñidos al pie de las efigies,
del escombro que a veces quiere sustituir los salvavidas,
me río de los peces ciegos en la garganta,
de cuanto no es y simula ser.
Si hay un duelo a muerte con mi alma,
es sin duda con la aurora: nada es tan real como este altar de siempre.
Llevo las palabras hasta la agonía de la garganta,
brasa que repta en mi insomnio, destino donde escribo el poema futuro.
Por eso no me preocupan las lápidas, ni las extremaunciones,
ni el canto gregoriano de lo cotidiano, ni los periplos del gorjeo.
Hay cosas que sí me quitan el sueño: la alforja con mis poemas,
las preguntas que le hice a la desnudez,
el destino de mis bolsillos rotos, la desmedida sal de los pañuelos.
Lo que sobra es el saldo que no cupo en el poema:
la flema articulada en el aceite, el páramo derramado en los labios,
la piel curtida de las losas,
la fiebre de escribir para que otros escriban precipitándose en la estrofa
de los cascos del caballo huidizo de los sueños.
Me alejo, exento de reptiles: sólo el fósforo del poema como un tambor
de lluvias apacibles, como el horizonte, lamiéndome,
desde la equidistancia de los barcos…
Barataria, junio de 2011

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