La agonía amarilla, la flema en las ventanas, el rictus de la historia
desangrándose: en cada armario los dientes devastados,
la misma historia de polvo en los periódicos, vos metida en la bocina
de las balas, hasta sangrar las aguas de la piel, los desechos tóxicos
en cuartos oscuros; cada pájaro es un trípode sobre la roca,...
Imagen de André Cruchaga
RAPTO DE LA AGONÍA EN EL TABURETE DEL FUEGO
Aunque era temprano las calles estaban desiertas.
RODRIGO SOTO
La agonía amarilla, la flema en las ventanas, el rictus de la historia
desangrándose: en cada armario los dientes devastados,
la misma historia de polvo en los periódicos, vos metida en la bocina
de las balas, hasta sangrar las aguas de la piel, los desechos tóxicos
en cuartos oscuros; cada pájaro es un trípode sobre la roca,
ramas amontonadas en el humo del tabaco, vísceras en blanco y negro
del cuaderno hecho con frazadas de cuero curtido.
El fuego abre sus válvulas para diseminar las cortinas de la viga
que sostiene los retratos. Maúlla el metabolismo del universo;
gime la pared derruida de la memoria, los fuegos decretados
por el torrente inaudible del sofoco, el aliento al borde de la extenuación.
Al cabo, el crimen nos ha vuelto cómodos: fornicamos a la par
de los cadáveres; sobre la breña, el desvarío de los itinerarios,
detrás de la historia, la mesa está servida: gana el malhechor
y la complicidad, el que lame rostros y pañuelos pálidos.
Así es de macabro este rapto a la inocencia, el nosotros crujiendo
de miedo, los espejos derrumbados del lenguaje, y hasta la fragancia
que nos viene en los canastos del viento. (Sabes que hemos aprendido
mucho de este descalabro: ante la calle del luto, hemos caminado juntos;
en cada acera o puerta, nunca nos ha faltado el sigilo,
los ecos de las alambradas, los Salmos rojos de lo onírico,
la infinita fe para deshacer cualquier entuerto. Cada vez que suenan
los tambores de la pólvora, salen tus brazos a recibirme;
respiramos a sabiendas que podemos morir en el instante del vértigo,
o terminar en el pico putrefacto de los zopilotes. Vos y yo lo sabemos.
Nos embozamos como caracoles debajo de las piedras, exhaustos
tras el látigo de la historia. Un día contaremos todo en un museo
de sueños, puestas en vitrinas nuestras congojas: los días grises salpicados
de vajillas siniestras, enjambres de heridas a profundidad.)
Aún no sé si salvaremos las begonias del traspatio de la conciencia;
no sé si habrá algún bolero para los momentos de ocio,
o simplemente nos conformaremos a consumir analgésicos de por vida.
Lo cierto es que, ante lo humano, seguro que el vacío nos morderá
hasta la médula; así dejaremos de pensar en cosas inútiles
como este desvelo que produce el rapto, la sombra interminable
de la fiebre. Lo único cierto es este desdén extasiado en los huesos
del vértigo: nadie escapa a estos doscientos años de suplicio.
Nadie sale ileso después de pasear por este paisaje carcomido
por la herrumbre. Al final, debemos conformarnos, esta es la aspirina
que sosiega, cualquier otra conducta es motivo de conspiración:
así está escrito en los Manuales del Servicio de Inteligencia del Estado.
(Por si esto pasa, habremos de cavar en el asfalto hasta construir
a plenitud el diario de nuestros orgasmos.)
Barataria, junio de 2011

2 comentarios:
A veces me es dificil salir de tus escondrijos -André- me delimito y le pongo trabas a las puertas -tus puertas- para llenarme de tus sombras fantasmales, de esas que se esconden en los libros (entre página y página) y sus aromas me envuelven de tal forma que quedo impresa en las paredes, como el grafitti.
Como te dije, no salir ileso es faltarte el respeto. Por eso llevo una herida en mi mapa, un costado abierto.
Besos infinitos, Poeta.
Marina Centeno.
¡Qué bueno que así sea, poeta! La poesía bien sabes, tienes esos entramados, los de la propia conciencia haciéndose agonía, una veces en el taburete del fuego; otras abriendo boquetes en la sparades para que el aliento a mortaja se disperse.
Gracias por tu generoso comentario.
André Cruchaga
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