Nunca vi a través del cristal, imágenes benignas, jardines con campanas,
recuerdos que nutrieran el follaje. En cada puerta, banderas de olvido;
redes de yute, subterráneas enredaderas;
Imagen de André Cruchaga
PARÉNTESIS
Nunca vi a través del cristal, imágenes benignas, jardines con campanas, recuerdos que nutrieran el follaje. En cada puerta, banderas de olvido; redes de yute, subterráneas enredaderas; camisas de fuerza donde el cielo no deslumbra: en los brazos hay bestias sedientas de hollín, poros de alucinada sal, infinitos ascensores hacia la decrepitud, puñado de azacuanes disputándose el espacio. Las pupilas han tomado el rostro de la lepra; el ambiente alcanza la música del cieno, a cada martillazo, los sueños desasidos, los bordes dispersos de las corcholatas, el odio flotando en los sellos postales: desierto de manteles sobre los insectos cuya hojarasca vuelve intransitable los caminos. (Nada sabe mejor que la lobreguez árida de la tierra. Nadie sabe, ahora, donde están las cartas de navegar, excepto las mascarillas llamadas a suplantarnos, a ser el muro o la otra cara de la conciencia, el precio acaso que se tiene que pagar desde la sombra. En otro tiempo contemplé, ciertamente, el fuego de las promesas, ahora prefiero abrir la edad de las legumbres, los nombres que fui escribiendo al borde del calendario en cada una de las vigas de mi casa. Ahora dejo en el cofre de la penumbra, el brebaje que alcanzó notoriedad de júbilo; dejo la locura de las alacenas, golpeando mi silencio… Dime, ¿hacia dónde van los sueños? Ante el vaho necesito el relevo del insomnio. Y hasta otro olvido para la almohada.)
Barataria, junio de 2011

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