domingo, 19 de junio de 2011

HIERE LA PÁGINA CON MOSCAS RECOGIDAS


Aquí pasa el tiempo con el huracán de las moscas. La nada fue
preñada de sospechas; después la página con su tinta desgarrada.
En cada excavación del alma, balcones de engaño
como un cónclave de cieno. Aquí revivo el cascajo de los días
promisorios: faroles indelebles, pero ya enmohecidos por el lupanar
de la angustia. Desde siempre he caminado en el desierto...
Imagen de André Cruchaga





HIERE LA PÁGINA CON MOSCAS RECOGIDAS




La libre posesión del dolor, su dulce sombra,
rehaciéndonos de nuevo, diminutos.
JULIA OTXOA




Aquí pasa el tiempo con el huracán de las moscas. La nada fue
preñada de sospechas; después la página con su tinta desgarrada.

En cada excavación del alma, balcones de engaño
como un cónclave de cieno. Aquí revivo el cascajo de los días
promisorios: faroles indelebles, pero ya enmohecidos por el lupanar
de la angustia. Desde siempre he caminado en el desierto
como un nómada de dunas; arde la escritura en los yaguales del sueño,
el acecho que madura en las sombras, la dureza absoluta de las navajas
en el aroma, la dureza de las moscas a la hora de la siesta
con todo el caos que produce la chatarra. Y así debo continuar la marcha,
entre un orgasmo blanco de tiempo; lanzando los fósiles de mi saliva,
el mismo lodazal de siempre, las ganzúas que sostienen el aliento,
el tren de diluvios convertido en blasfemia. Hay huracanes
que duelen en aliento como una estocada a mansalva; existen,
ahora, razones para desconfiar de la risa, de aquellos ruidos
silenciosos que atisba la conciencia en su trance: y claro, ante el delirio
se sazonan las razones, el cielo falso de las palabras, el misterio
que nos arrebata el sueño. A temprana hora he vislumbrado
lo que después sería una tortura: las suspicacias que carecen
de fronteras, la transfusión compatible de las liturgias, el musgo
hecho destino. (A menudo la duda prende la lámpara del desasosiego:
sé que atardece en las venas igual que las sombras
que lamen la noche. Supuse silencios diferentes en mi cuaderno;
grazna el desastre de lo que presentía. Enmudezco. Descorro la claridad
en mis pupilas: de seguro habrá tiempos mejores
que éste mancillado por la ceniza del galope. Al final, cada quien dará
cuentas de su propio olvido; yo me quedo mudando,
mientras tanto, la sal de las pupilas, los propios demonios
envilecidos de la tortura. Me quedo así: análogo a la sombra,
a la carreta de medianoche de la muerte.)

¿En qué tiempo volveremos a la risa después de transitar en tanta
desesperanza, colgados del atril de lo inesperado, moribundos
de carne y pensamiento? —Saber la trama, es entender la batalla;
por cierto, me he dado cuenta de los absurdos, del hastío
que provocó en mí tanta espera. Debo decir que puertas y ventanas
me han vuelto un ser inadaptado: quizá porque siempre he buscado
claridad donde no la había; quizá porque de pronto mi guarida
dejó de serlo y ahora me aferro a los nuevos tiempos. A veces la historia
personal es sólo un juego de ardores, mundos fijados por sílabas,
taburetes de ingobernable lenguaje. Ahora más que antes,
me doy cuenta que ciertas acechanzas, sangran hasta consumir
los sueños. Esto lo supe hoy, después de transgredir el jardín
prohibido de la confianza.

Barataria, junio de 2011

4 comentarios:

Leticia dijo...

André, me he identificado con tu desilusión y desesperanza...
Y como en ti, también sangran hasta mis sueños.
Un abrazo poeta.

André Cruchaga dijo...

Gracias, querida poeta Leticia, por visitarme y dejar tu comentario. Mi materia toca el frío del animal que soy, las puertas de las sombras.

Feliz domingo con un abrazo de,

André Cruchaga

Marina Centeno dijo...

Pues, vaya que tu frío cala, Maestro, que tu desgracia reproduce otras desgracias pasadas. Y no es la manifestación de lo dolido lo que engrandece al hombre, sino la manera en que lo encara. Y es que el dolor es para al poema una línea certera, una hondura, una jícara con hiel y dulce. Yo creo que el dolor en esta forma es una belleza, y no estoy segura, como lectora, si en verdad duele o es solo una demostración del desvarío, del delirio en que se hunde el Poeta. Pero, sabemos, que la poesía es así, entre la búsqueda existe una justicación a la conducta, sea o no onírica, sea o no realística.

Yo me desordeno, sí, pero me gusta la dolencia del alma siempre y cuando sea justa, como tal el poema que prevalece en este domingo -tu poema- entonces hago de la dolencia una fiesta a la desgracia.

Me extendí, perón, pero el dolor, a veces, me resulta una grandeza. Y sé que habrán inconformes, pero cada cual asimila el dolor a su manera y las rupturas son motivos para expandir las lágrimas en el poema.

Besos de llovizna en Progreso.

Marina Centeno.

André Cruchaga dijo...

No te expandes, Marina. No. El diálogo, en todo caso, es necesario. Tú sabes que soy poeta, por esencia, surrealista; y, lo onírico juega un papel importante. Me toca, si lo quieres, festejar las desgracias del mundo, de nuestro mundo; otros ya lo hicieron con la alegría, que es la otra cara de la maneda humana. Así que te agradezco, al final, retomando tu última idea, cada quien hace lo suyo, desde sus convicciones, que no son otras cosas, sino las vivencias.

Un abrazo. También aquí llueve.

André Cruchaga