martes, 7 de junio de 2011

EMBRIAGUEZ DE LA LINTERNA


Me embriaga la pared de la noche con su halo de silencio:
sólo así puedo ver la linterna que posesa de mí,
se adentra en las sombras. Es esa linterna sobre la mesa
de las estrellas, el hilo del sueño en la almohada.
Imagen de André Cruchaga




EMBRIAGUEZ DE LA LINTERNA




La luz que era de oro ahora es de plata.
ÁNGEL GONZÁLEZ




Me embriaga la pared de la noche con su halo de silencio:
sólo así puedo ver la linterna que posesa de mí,
se adentra en las sombras. Es esa linterna sobre la mesa
de las estrellas, el hilo del sueño en la almohada.
Frente a mí, la campana del sosiego, el tren del aliento
resucitado después de haber dormido largos crepúsculos de insomnio.

La claridad fecunda el azúcar del pulso, revive la campana
de los párpados, los puentes colgantes de las palabras
frente al aguacero de la noche. También hay algo de sol
en esta invasión de los sentidos , el tren que le da nuevo derrotero
a los pulmones, la pupila que trasciende en el cuaderno blanco
de la claridad: absoluta, plena, como la rama de ocote brotando
de la trementina. A menudo es incierta la mediallama
del alambique en el paredón de la memoria: incierta, digo,
la silla sobre el abrojo, porque siendo savia, a veces no alienta
la lección de la espina. Por tal razón,
aprendo las vocales cada día, con la única arma del gatillo
de las tildes, con el afán insistente que hiende la fosa
que alienta el despojo de todo lo que a diario vivo.

La embriaguez es así: territorio sin fronteras: estante, también,
de novedosa brevedad;
nadie imagina que camino —tránsito de la memoria—,
por mediasnoches de silenciosas puertas hasta caer en la presencia
de la aurora. No es fácil entender la algarabía de los pájaros
ante el fogón de la fantasía: la luz siempre será proclama del aroma,
ascuas en el pecho que desciende del tejado, tiempo del eco
en la esencia del sigilo. Jamás es incierta la huella que de ella proviene:
en cada pergamino de saliva, hay pálpitos,
jardines líquidos y arquitecturas aquietadas en el oficio del vuelo.

Aletea, pues, en el ánfora del día, esa linterna extraña del anhelo;
el candil que guarda el misterio, rima la travesía del vaho,
las obsesiones que quedan prendidas de las ventanas.
Así es como interpreto el roce alado del arcano:
la llovizna rebrota del anhelo; aborto quedo. Me siento a la mesa
con el alba para despertar del tallo oscuro de la piedra.
La sobriedad no cuenta en este parpadeo de cavilosa claridad;
la herida es puntual en su ardimiento, la mano que la transforma,
el alelí esencial de la pupila, espejo de la linterna.

Así, pues, y hasta ciego quizá en el aliento, celebro los colores
después de olvidarlos. La mano lo sabe cuando palpita en el asombro.
Los ojos lo saben fieles al camino: el reloj bañado en la parábola,
el futuro con una campana en el costado.

Barataria, junio de 2011