Cavilamos en la campana de las abejas: no hay letargos,
sino melodías rotas, hojas que caducan en el césped; nos duran
las manos, mientras el espejo no quiebra las uñas, ni el suspiro
se vuelve trocitos de albahaca. Cuando los insectos roen la imagen
de uno mismo, es necesario saltar el muro de la hoguera,...
Imagen de André Cruchaga
DURACIÓN DEL TIEMPO
Al fondo, las estrellas: de pronto, las gaviotas
alzan el vuelo como un resplandor…
JOAN MARGARIT
Cavilamos en la campana de las abejas: no hay letargos,
sino melodías rotas, hojas que caducan en el césped; nos duran
las manos, mientras el espejo no quiebra las uñas, ni el suspiro
se vuelve trocitos de albahaca. Cuando los insectos roen la imagen
de uno mismo, es necesario saltar el muro de la hoguera,
soltar el nudo de los grises, embalsamar la piedrecilla de la congoja.
Dejamos el semblante en cada retrato que abrimos;
es efímera la alegría cuando nos rehusamos a las ventanas:
cada día la nostalgia muerde los atardeceres, las cartas atardecidas
en el mapa de la memoria. Nadie recordará después la luz del parpadeo,
las estrofas que murieron en el rostro, el aullido del quebranto.
El tiempo nos come sin misericordia: escapa en cada viga del reloj,
desvanece los aniversarios. El tiempo de la inocencia se perdió
en el éter de la flama, en la furia insomne del estallido,
en la llave inasible de las luciérnagas. Así de simple es el desplome
de lo inasible, los pronombres cuando caen al agua, el gorgorito
de agua insostenible en la carne, la superficie del espejo que tropieza
con el rocío. (No hay forma de detener todos los vocablos que habitan
en el viento, ni levantar un muro de noche y presagios; ahora sabemos
que en la mesa y las ventanas, sólo ha quedado la noción del hambre
y las letras rotas de las telarañas.
Este tiempo nos ha hecho a semejanza del vaho, círculo de sombras
habitadas por el insomnio, vulnerables a la miseria de los candiles.
Desde siempre jugar al delirio fue un rito insostenible en la pirámide
de lo real, cambiar de traje en presencia del extravío, caminar en lo informe
del latido, dejando a un lado la sabiduría de lo real.
El segundo comió la caricia arenosa de los litorales, las aguas del vinagre
disfrazadas de azúcar, la caricia de pronto encendida del pabilo.
¿Habrá días más perennes para no disfrazar la carne del pétalo,
la puerta de la luz?) Al final cada quien camina sobre el rastrojo
de sus propios cauces. Cada quien festeja lo inasible,
el reino de las sombras en la boca, las sombras que nos balbucean
como teoremas. No sé, después de todo, cuánto dura el tiempo
en la memoria, ni cuándo cambia de pañales el olvido, ni cuándo
se recobra la identidad extinta en el juego empañado de las aguas
que emergen de la conciencia. Alguna vez, seguramente, habremos
de lamer nuestros propios epitafios; sofreír la risa en la polilla,
desvirtuar los petardos de la soledad, los pruritos de congoja.
Mientras vivimos debemos ponerle antisépticos al calendario, y ser
previsibles con las ventanas a la hora de la lluvia y la niebla. Hay atajos
que no conducen a los sueños ni al pecho, sino a los desfiladeros. Los hay.
Después de todo, sufrimos el cataclismo de los balcones día a día.
Barataria,junio de 2011

2 comentarios:
Y vaya con el osito que cuelga su infancia de una oreja, y ese poeta que toma un momento del sueño que no regresa, así como no regresa nada, todo se va y nos quedamos solos en el balcón... mirando el ocaso que espera que lo trague la noche. Bellas aristas de tu poema André.
Besos hasta El Salvador.
Gracias, querida poeta LETICIA, por tu visita, y dejes de paso tu huella en este cuaderno. El tiempo,la luz y la sombra inminentes de lo vivido.
Un abrazo,
André Cruchaga
Publicar un comentario en la entrada