jueves, 2 de junio de 2011

DIGRESIONES


A cada noche le ofrezco pedacitos de incienso,
ungüentos de alegría y almohadas de otras esencias divinas.
Si alguna vez desaparece el orbe es porque lo tragó una tortuga
más grande que el globo terráqueo.
Cuando las ventanas suspiran es porque una mujer pasa rozando
el infinito de la madera.
Imagen de André Cruchaga




DIGRESIONES




…los surcos oscuros:
Pensamientos en formas de orugas…
JULIO HERRERA Y REISSIG




A cada noche le ofrezco pedacitos de incienso,
ungüentos de alegría y almohadas de otras esencias divinas.
Si alguna vez desaparece el orbe es porque lo tragó una tortuga
más grande que el globo terráqueo.
Cuando las ventanas suspiran es porque una mujer pasa rozando
el infinito de la madera.
No hay por qué temerle a los puntos cardinales,
cuando éstos hacen la siesta en el trópico.

Perdido en el cuerpo del deseo, me aplomo en las ingles,
luego la isla con sirenas; entre las miles de puertas que tocado,
siempre hubo mucho espejismo y negaciones;
nunca he jugado a los crucigramas porque he sido torpe
para “retorcerle el cuello al cisne, blanco o negro , de los acertijos;
en el pecho cabe de todo, menos la ropa interior arruinada por el uso;
para ver azul el amanecer, hay que cantar junto a los gallos.
Un día de estos llenaré mi baúl con todas las palabras desahuciadas
por el prójimo.

Lo impalpable siempre lo es en las fragancias,
cuando el viento se precipita en los sonambulismos;
siempre que suena el acorde de los pezones,
recuerdo el primer espejo que bebió mi esperma,
el antes y el después es una escala de grises.
El látigo del calor me arroja al piso; a falta de alberca, después
me arrebata la lujuria de los ladrillos pegados a los poros.
Es difícil mantener los ojos abiertos cuando enloquece la intensidad,
el césped que se pega al olfato.

Entre un pie y otro pie, hay noches malheridas supurando esquinas;
por suerte aprendí a caminar sobre las aguas del sollozo,
después de haber tomado mi ración de purgante.
Se dice, a menudo, que hay días malogrados; en realidad no aprendieron
a nadar en la intemperie, ni a saltar sobre el aullido.
Si algo aprecio del teatro griego, es la comedia: sobre todo el “parodos”
Y el “éxodo”, la entrada del coro y la danza ritual.
Cuando la espera se hace larga, hay necesidad de exorcizar
la memoria: las excusas triplican el tanto por ciento,
la erosión hace cárcavas en el pecho.
Cuando alguien mutila anticipadamente los quejidos, es decir,
los jadeos, le viene después el mea culpa, que no se cura con las manos.

Ahora que hay tantas redes sociales, abunda la idolatría por los peces;
hoy debo elegir dónde dormir entre tantos escondrijos:
algo me dice que el balbuceo es la luz en boca de los niños;
por ello, a menudo, existen engendros de este tipo.
Cuando muera, quiero que mis párpados lleven epitafios; y el ataúd,
imágenes del niño de Atocha y un cántaro de galopes
por si alguien quiere humedecer el cuerpo…

Barataria, junio de 2011