Hasta ahora, en los límites de la penumbra, el goteo sordo
en la ventana, al límite la plantación de las heridas, el jardín
de medianoche quebrado por la rama de las propias vestiduras.
Toca morder la piedra hundida en el trasfondo de la Esperanza,
librar todas las batallas terrenales, hasta quitar los tatuajes...
Boceto de Miguel Ángel polanco, pintor salvadoreño
ANHELO EN LA PENUMBRA DEL JARDÍN
Y ahora, en la dulzura del sueño que me queda, amo
en la sangre la memoria, escucho y me veo
árbol arraigado en el grito de la pasada maravilla,…
CARLES RIBA [Elegías de Bierville]
Hasta ahora, en los límites de la penumbra, el goteo sordo
en la ventana, al límite la plantación de las heridas, el jardín
de medianoche quebrado por la rama de las propias vestiduras.
Toca morder la piedra hundida en el trasfondo de la Esperanza,
librar todas las batallas terrenales, hasta quitar los tatuajes
de las mejillas; y claro, nunca fue fácil amanecer en las iniquidades
de la sal, en los caminos apagados del polvo,
con la breña hasta el ombligo. En cada cierzo colgado
de las enredaderas, hay silencios, luz, surcos,
hay azacuanes y búhos, casas agrestes en el horario
de los muebles, muertes, hambres, caballos de rabioso hocico.
Yo hubiera querido vivir en un País sin greñas, rural,
cumpliendo la faena en los gallineros, segando de manera indestructible
los chupamieles, sin noches, abriendo las mañanas del fuego solar
de la cocina. Pero debo confesar que no fue posible:
me inauguré en los tapiales de la sed, en la infancia del harapo malicioso,
habité el corredor del frío, hundí mi ropa en el alfabeto
hasta sangrar de silencio y otredad. Hoy, sin embargo, debo pensar
en los telares de la extremaunción, en cada golpe que me dan
las banderas, en el tirofijo de la ternura desfallecida,
en aquellos anhelos enlutados, puestos en un momento en la balanza
del calendario. Arde el pecho en el libro abierto de los trenes,
en la letra que se resiste a los relámpagos, sangra amargo el camino
de los pájaros. Hay pantanos en la campana del páramo.
Es probable que el grito no sea suficiente muestra del crepúsculo
enrarecido; y sin embargo, ojos y piel,
sienten el despeñadero angosto donde crece el tarot de los cuchillos,
el naipe de los párpados, la máscara del cuento de ficción,
en la letra de cambio sin sentido de la tumba; de pronto también,
existen anhelos de ultratumba, días de agobio, sordos rótulos,
dineros “malavidos” en el agujero negro del tabanco,
en el plato gastado del humus. (Con todo esto, se hacen cada vez,
más inaccesibles los jardines, las zonas verdes del pulso, el olvido,
tan necesario para sentir el granizo circular del polen.
Percibo cierto sonambulismo rompiendo las alcantarillas,
ciertos muertos cada día agregados al plato de comida,
sin restarle intemperie a la noche.) Después de este pliego de zozobra,
ignoro qué vendrá: a lo mejor pueda esclarecerse el camino,
y los sueños no cuelguen de los dedos de las manos,
ni se mezclen con la desventura que es ponzoña de la herrumbre.
Seguramente un día veré días soleados: aroma de orégano en el rocío
del semen, y escaleras para saltar la escalera de los grises.
Barataria, junio de 2011

2 comentarios:
Una denuncia de la sociedad que pudre la naturaleza. Una manera elocuente de querer penetrar hasta lo seminal de la humanidad y bautizar nuevamente al origen y aromarlo de orégano.
A mi me gustaría que oliera a vientre de jarrito de barro húmedo.
Bello André.
Gracias, Leticia, por tu comentario. pues sí, como tú dices, sería másd fresco ese placentario de la Patria que sueño.
Un abrazo muy agradecido,
André Cruchaga
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