Duele la sal retorcida en la sangre, la voz vencida en las esquinas
de la muerte: llegan los féretros como enlutadas campanas
del devenir; la inasible forma del ahogo, salta en el abecedario
de los naipes. Hubo mejores días que los cuchillos agazapados
en las horas, repelentes para disecar la alegría, infamias hasta volver...
Imagen de André Cruchaga
AGUAS INVADIDAS
Náufrago estoy, hundido en mi alta noche
y solo, ardido en soledades crueles,
agonizo.
ALEJANDRO CARRIÓN
Duele la sal retorcida en la sangre, la voz vencida en las esquinas
de la muerte: llegan los féretros como enlutadas campanas
del devenir; la inasible forma del ahogo, salta en el abecedario
de los naipes. Hubo mejores días que los cuchillos agazapados
en las horas, repelentes para disecar la alegría, infamias hasta volver
oscura la diafanidad. En las aguas las piedras sin garganta,
deslucidos dientes de la lágrima en el bostezo del ojo inquisidor,
secos pájaros sobre la arena, sin responso, sin el habeas corpus
de la esperanza. En los astilleros muerdo el estertor de las palabras;
cedo a la oscuridad cualquier inferencia malsana,
las ojeras violentas del reloj, la alacena carcomida,
los comejenes de la insania, el desierto calcinado de los días domingos.
Cedo la ceniza y los detergentes, el aliento turbio de los clavos oxidados,
el taburete del engaño: arde la voz de las tenazas, el paraguas
con uñas y su tenacidad desnuda. Me aparto de los minutos sordos
de la garganta; detrás de las pestañas corren aguas de cansancio,
heridas que fue acumulando la brújula; ojos retorcidos en la hoguera.
Es preciso, ahora, ponerle paro al ciempiés de los clavos,
allí donde la sed corta las aguas, y el cardo espía su inútil desamparo.
(Todo está hecho de aguas transitorias: y sin embargo,
pesan los féretros, la metafísica que transita en el espejo,
la caricia inasible de la espuma sobre el torrente de la piel.
Dejo que los caminos sigan estrechándose en la distancia;
remuevo la escalera del insomnio, por si acaso. En cada invasión
a los jardines, se pierden las ventanas, las palabras que siempre
supusimos eternas, la piel donde ahogamos los límites,
la almohada inquisidora de los eucaliptos bajo la abertura primera
de las aguas.) De hecho, sigo el cuento de las Sagradas Escrituras,
la lectura de las goteras como un lento látigo sobre las piedras.
Así alimento está vocación de humosas aguas: la de ir y venir
desde el interior de mi propia piel, bronceado en el conjuro de lo yerto.
Pese a los aleteos infructuosos, sobrevivo a la dosis diaria de desvelo;
camino junto a la extraña laboriosidad de los anhelos:
siempre hay un resquicio para el buen augurio, y el trasiego
del aire en soplo. Me inunda el río desbordado de lápidas,
los huesos desesperados del cadáver, la falta de claridad en la saliva.
Aguas a fin de cuentas. Aguas pútridas donde se bañan las estatuas,
los candiles de la noche, la sábana agria de los amantes,
la lengua cortada del aire, la sombra hecha nudo de las palabras
en el sótano del océano sin antorchas. Así de simple escarban
las aguas en mis límites.
Barataria, junio de 2011

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