lunes, 2 de mayo de 2011

SUERTE DE LUZ


Suerte de luz esta compuerta de ventanas con pájaros. Sube
a los sentidos el latir de la calle, el mar con el cielo Invertido
de la espuma, por fin las manos, los trenes pasan, ríos de alguna
palabra desprendida del aliento.
Siempre existe el vértigo frente a los colores,...
Fotografía André Cruchaga




SUERTE DE LUZ




A Sandra L. Apablaza Muñoz,




Now and forever
You're just another lost soul about to be mine again
See her, you'll never free her
You must surrender it all
If you'd like to meet again…
DISTURBED




Suerte de luz esta compuerta de ventanas con pájaros. Sube
a los sentidos el latir de la calle, el mar con el cielo Invertido
de la espuma, por fin las manos, los trenes pasan, ríos de alguna
palabra desprendida del aliento.
Siempre existe el vértigo frente a los colores, el misterio es así
pese a lo postrero de la muerte, a las visiones que se tengan del alba,
a los minutos que distribuyen las sombras a fuerza de caballos,
e incluso a las piedras del presentimiento.

Junto al rocío transcurre el agua de los muslos: hoy el ala
del ombligo en la montaña, la hoja del sonido en el goteo,
el césped que se alza como prioridad del pálpito: hemos caminado
largos veranos a dos voces las aguas en la desembocadura
de los jirones restallados del latido; la tormenta desnuda las manos,
estremece la piedra del silencio, surcos expuestos a la uva del hambre,
al terrestre ojo del poro,
a la cesta donde se guardan las furias de la semana,
los vértigos y jadeos de ramas y ventanas, el trazo del dedo
en la fantasía, alrededor del remolino del invento.

A la entrada, como la cena mayor de los racimos, el desafío apetitoso
del ala, los bordes irisados de pinceles, el alto pinar del pálpito.
Declina la noche con sus semillas de ave rapaz,
en la garganta el traspatio del nido: las cornisas agitadas del camino,
la altura circular del alba en el huerto de las palabras;
puedo hablar del absoluto de los ventanales,
y empuñar las letras del viento bajo las sábanas, ahí, en el folleto
del ombligo, la pluma manchada de la tinta, los charcos de cielo
ensanchados, la flama del deseo entre las manos, quizá la memoria
traspasando la tormenta,
todo aquel dique de silencios. Toda aquella noche de lámparas,
el llamado a la claridad de los puertos desde la arena disgregada
de las gaviotas. (Es fácil beber en estas aguas no vencidas:
la sangre en el umbral de la esperma, el huracán verde de la luz,
el atril crecido en el surco, la hierba húmeda consumida por el estío,
ayer, hoy, avanzando, subrayando las caídas del mueble
de los poros en el calor súbito de los cuerpos.)

Es otro mundo, la alquimia de la sal en la lengua: la sal brotada
del cuerpo, las manzanas colgadas de la bufanda, el vaho de las hojas
en la puerta, rojos espejos en presencia de la luz.
En adelante, las abejas también hacen lo suyo: las manos convierten
la madera en llama, y la madera en brasa derramada.
Más allá, los trenes sobre el terraplén de los viñedos: la lluvia
Ardiendo entre los viajeros…

Barataria, 30.IV. 2011