jueves, 5 de mayo de 2011

SALVACIÓN DE LA ARMONÍA


A veces la luz, la luz, nos salva de que caigamos de la escalera.
Sólo la armonía es la dulzura de los días, el muro que sostiene
en medio de la oscuridad, las palabras más diáfanas:
de pronto los sueños son fieles raíces de la vida,...





SALVACIÓN DE LA ARMONÍA




You know what it means to be left alone
Yeah, people hear me people
Do you know what it means to be left alone?
JIMI HENDRIX




A veces la luz, la luz, nos salva de que caigamos de la escalera.
Sólo la armonía es la dulzura de los días, el muro que sostiene
en medio de la oscuridad, las palabras más diáfanas:
de pronto los sueños son fieles raíces de la vida,
la escalera que nos sube al tiempo del azúcar, el pájaro
amplio de los ferrocarriles,
la ternura del pétalo donde no cabe el dolor, ni la pena, ni el odio,
sino la limpidez del espejo en la balanza.

Y claro, nada es tan difícil de sobrellevar como la promiscuidad
milenaria de la angustia, los silencios acumulados por el prójimo,
la voz flagelada del País,
el amor no trasegado y que permanece lacerante como fiel enemigo.
Arden las costillas cada vez que lapidamos el arco iris:
no siempre el fuego nos reinventa, ni los caminos abiertos, adustos,
Cambian el horizonte, la intemperie marginal de la ansiedad,
pero debemos salvar la armonía, al menos eso:
en la boca, el libro, el cuaderno, la palabra necesaria,
las aguas liberadas del día, no el cuervo mordiendo los brazos,
la noche que sólo sea para el sexo piando en la transparencia
del esperma, en la sábana de la sed, en el sonido que desata
la tormenta de dos cuerpos exactamente unidos por la estación
del nosotros de la risa.

Hemos vivido largos días manchados de sangre: preguntas, tristezas,
peligros, ausencias, sin derecho a ser escuchados:
es hora de libarnos de la noche,
del tiempo sostenido por alfileres, por tormentas de niebla;
es hora de disolver las tristezas, y darle nuevo rumbo a las aguas,
quitar los cansancios, ahuyentar la apariencia, emancipar
la conciencia de sus ataduras, quitar el escombro de las aguas.
—Por desgracia, vos y yo, le dimos vigencia al odio y al viento amargo
de la congoja; el País nos comió los colores;
nosotros, la sal de los pañuelos; nos adentramos a claroscuros
sin balcones, a los caballos polvorientos de las enredaderas.

Nos olvidamos de vivir. Nos olvidaron en la desnudez fatigada
de la piedra, en la pálida proclama de la madera con harta polilla.
Todavía estamos a tiempo de salvar la armonía,
después de vivir entre tantos nombres efímeros, después de usar
vestimentas oscuras, fatigadas comillas de la cáscara,
oscuras ternuras como goldes de almádanas, cotidianos agujeros
como la única bandera del insomnio.

—Vos y yo, todavía podemos crecer entre jardines: lavar las aceras
los días de la semana, frustrar el asalto a la lejanía,
darle un espacio a las ventanas, alumbrar la sencillez,
y guardar la tibieza del césped. Antes de que la noche sea total
y sucumban los anhelos, debemos salvar la armonía.

Barataria, mayo de 2011