viernes, 6 de mayo de 2011

FUNERAL DE PÁJAROS


Otra vez, la aurora, al nacer muere en la almohada. Todo lo real
es vigilia permanente; el suspiro, quimera; la ceniza, conversión
del alma, claves del sigilo en el trasiego del aliento.
En las manos llevamos alfileres negros, despiadadas hormigas
en abanicos, degüellos de murciélagos,
cadáveres de errantes oscuridades, como nuestro palpitar en el oído.
Fotografía André Cruchaga




FUNERAL DE PÁJAROS




Nobody can tell me I know I know better now…
RAMONES




Otra vez, la aurora, al nacer muere en la almohada. Todo lo real
es vigilia permanente; el suspiro, quimera; la ceniza, conversión
del alma, claves del sigilo en el trasiego del aliento.
En las manos llevamos alfileres negros, despiadadas hormigas
en abanicos, degüellos de murciélagos,
cadáveres de errantes oscuridades, como nuestro palpitar en el oído.

Venimos de huir largos abismos: ahora es oscura la cavidad
del cielo, la cesárea de la voz,
el tiempo que rompió, de todas formas, lo irremediable,
la espuma al límite de los litorales, tardes de pasmos y noches,
ojos que no encontraron la arena en el mar, el albergue del eco,
—ásperos arroyos de piedras en mis manos,
cuando busqué torpemente la madrugada, el calendario sin huesos;
pero no fue así, encontré una voz con espinas,
un futuro de estar siempre en el vacío: es nada después de todo
el aire, la balanza que la vigilia eleva a asombro, aquel vitral azul
de bienvenida, las aguas sin armas emergidas del silencio.

—No me fío de la ecuanimidad, ni de las botellas de mar
en la superficie de las aguas; no tienen razón los abrigos cuando
ha cesado el frío y la oscuridad es irrevocable.
No existe esperanza en la sequedad de las estatuas, aunque éstas
tengan alrededor, lunas verdes de césped; no existen brazos
cuando la breña y el desierto acechan como cuervos laboriosos,
cuando la casa del respiro,
ha sido reducida a vaga ansiedad, a simple nido de éter.

No me fío ya de la ternura envuelta en servilletas, si en la prédica
se acarician alfileres, y noches decretadas por la muerte:
no soy amigo de la sábana efímera de la aurora, ni de las alianzas
virtuales del firmamento sobre taburetes de sal.
Prefiero el realismo de los insectos que trepan a la tormenta
de la hojarasca, a los arbustos miméticos de los ojos, a los manuales
con bolsillos, a la piedra crepuscular del País,
a seguir entre la farsa, crispada, mordida en los ijares.

Dejó de existir la esperanza con su flauta de vuelo. Ahora, arrecia
el olvido, con su siglo de mudos barcos:
con su carcajada siniestra de puños, con su destino reducido
a granito, explosión del despojo endurecido, como el callo
en el talón de Aquiles. La noche es un teatro de polvo; lunas boreales
de la asonancia, guijarros del despojo.
Debo suponer que en la memoria, apenas llegamos a esa queja
de las aguas en la profundidad oscura de los relojes:
jamás fue posible dormir con los ojos clavados en el viento.
Fue mayor el desvelo a los zapatos. Fue mayor la sombra a nuestras
propias manos, el camino ínfimo al andar, la cercanía consumida
por el fuego, la ola oscurecida de los astros…

Barataria, mayo de 2011