martes, 3 de mayo de 2011

CUADERNO DEL FOLLAJE


En la página de cada hoja, ruedan los tizones del follaje, las uñas
de las piedras, el césped que se abre a los columpios del tiempo.
Aun me queda por escribir, la conspiración de mi tumba:
los dibujos a tinta china de la muerte, el silencio horadado
de mis huesos; en la campana borrosa del musgo,...
Palo de agua, imagen tomada de la red




CUADERNO DEL FOLLAJE




Walking up the stairs Thursday afternoon
Sweet wind blew not a moment…
PRINCE




En la página de cada hoja, ruedan los tizones del follaje, las uñas
de las piedras, el césped que se abre a los columpios del tiempo.
Aun me queda por escribir, la conspiración de mi tumba:
los dibujos a tinta china de la muerte, el silencio horadado
de mis huesos; en la campana borrosa del musgo, el arado
mordiendo la defecación de los surcos, marginales respiros
de la emergencia cotidiana: con la tinta debo respirar las pesadillas
de dormir a cielorraso, medio atravesado en los callejones de la noche,
ebria la sangre de tanto teatro.

(Nunca sabré si la intemperie es el mejor cuaderno para asentar
el pétalo efímero del aliento, el hilo blanco debajo de las sábanas,
el imaginario de la sed, los famosos abrigos
de las alianzas, el agua olvidada del silencio en el tiesto
del sonido: —desnuda entras a la conciencia de la caverna;
deshabitada, sos mi cuaderno de invierno, donde el agua toda
moja las manos, la yema de los dedos implacable
en el rito casi moribundo de los zapatos.
Me encanta ser el insecto imaginario del arco iris: flotar en la misma
tinta del vuelo,
erigirme en el triángulo explicito donde el bosque es linterna,
y los muslos un desfiladero de olores.)

sangra la página seminal sobre el pasto de los sueños: anverso
y reverso porque así quedan grabados los nombres,
esta locura de escribir sobre las lápidas, los fragmentos
de mis propias ausencias, la yesca de los desacuerdos, el contraste
de la saliva, los pretextos rasgando los cadáveres, la música pútrida
de los lavatorios en el enjuague de los encajes.
En cada renglón existe un sótano de pañuelos que resumen
el mismo fuego en el pantalón, la grieta del sudor entre nosotros,
los días feriados de las venas rotas,
el pan de dulce en la alegoría del follaje, allí el moho en el lecho,
en el cuaderno de tantas huidas y traspiés, en el dedo índice
del verbo, casi enloquecido de ebriedad y lengua,
leído el fuego en el nudo de los poros.

En cada cuaresma tengo que ceder el madero: pesan las baldosas
del horizonte; la respectiva musculatura de la opulencia,
tizna el torso de las rodillas, la página abierta del incienso,
la habitación aborrecida del susurro, la vergüenza de Pilatos
ante los débiles: la película es cuestión de ética, inalcanzable
para los menores de edad, que piensan en imágenes de peluche
o en el ciber sexo, —ráfagas oníricas de tinta
como llaves del más allá de la súplica.
—Paso horas, lo sé, debajo de la lluvia: escribo desde el balbuceo,
hasta el delirio atroz de los vertederos.
Nada guarda mi boca para los días postreros. Nada.

Barataria, 03.V.2011