domingo, 1 de mayo de 2011

CORROSIÓN


Corroe esa sal del mar mis huesos expuestos siempre
a la intemperie: La sal, el viento, las uñas de las piedras, el sol
amenguado de la espuma, los hierros retorcidos de mis sienes,
como las despedidas con su vado de gemidos.




CORROSIÓN




I'd like to climb up a hill with you,
Take my hat and my boots off too.
I'd like to lie in a field with you.
WINGS




Corroe esa sal del mar mis huesos expuestos siempre
a la intemperie: La sal, el viento, las uñas de las piedras, el sol
 amenguado de la espuma, los hierros retorcidos de mis sienes,
como las despedidas con su vado de gemidos.
La herrumbre de la noche no es sed, sino piedra tendiéndose
en mis calcañales, rumor de luna que se desvaneció en la arena,
cuerpo, acaso, derramado en los amarillos taburetes de los setos.

De pronto la corrosión extiende sus largos brazos en el poema:
muerde el animal tranquilo de las vocales,
hunde sus dientes como una piedra en la desnudez,
mastica los relámpagos de cada orgasmo,
desploma los peces que gravitan en los labios, —luego quedan
las aguas sin gaviotas, en la voz apagada del sonido.
(Adonde voy, siempre hay linderos oxidados por el tiempo:
profundos huesos que zumban en mis manos como moscardones,
la puerta abierta del aliento pierde su lucidez.
—Aunque no me oigas siempre la saliva resbala en el desierto;
allí, todo es noche o pesadumbre: lánguido abismo, embriaguez
de rodillas, estremecido ojo del precipicio;
cuando cae la armonía de los tejados, el musgo se lo traga
la indiferencia, el horizonte muerto del crepúsculo.
Siempre he creído que el horizonte se hace de recuerdos: cada quien
arma el suyo a partir de sus propias sombras,
aquí los ojos en presencia de la salmuera: también corroe este líquido
la propia entraña, las muertes sucesivas que se viven,
la noche furtiva que arrecia en el dintel de la casa, en las mamposterías,
en el nubarrón del tabanco dejado por la risa,
el silencio vulnerado por el camino, el dardo del reloj expulsado
del cielo con todos los minutos y cuentas regresivas.)

Hay un lento trajinar de abismos en cada hierro carcomido;
lentos paredones sin correspondencia, sangre gimiente y dilatada
en el estertor de cada ala: a veces no se palpa la penumbra
o el óxido de las llaves, todos los silencios que de a poco se han ido
acumulando en cada vértebra,
la profundidad de la muerte que nos hace callar, los días contados
de las sombras, la distancia fatigada del suelo a la boca.

En la rama envejecida de los sombreros no hay paraguas ilesos,
ni infinitos que conviertan los ataúdes en estrellas,
ni siquiera noches de regocijo, sino claveles de catastrófica herida,
burdeles de temblorosos sueños, trajes negros para ocultar
el piano petrificado de las moscas,
todas las intemperies juntas en el pecho, todo el inconsciente del blues
en el desgastado color de las armónicas.
—Ahora quedo vacío de pájaros: el traspié enloquece en la escoria,
el tren del océano llena mis huesos con cada red de espuma.
Camino en sigilo para seguir viviendo: sólo las estatuas son pacientes
a la herrumbre y a este tiempo donde cuelgan del pecho las angustias…

Barataria, 29.IV.2011