En el péndulo del viento los relojes cuelgas sus agujas de relámpago.
Los antisépticos muerden los eucaliptos, resuella el murmullo
en la piedra del ciprés. De tarde el sol lava las nubes con el hilo
amarillo de la saliva, estrépitos en la breña, enrojece descalza
la hojarasca sobre los poros.
Imagen de André Cruchaga
CIPRÉS EN EL VIENTO
En el péndulo del viento los relojes cuelgas sus agujas de relámpago.
Los antisépticos muerden los eucaliptos, resuella el murmullo
en la piedra del ciprés. De tarde el sol lava las nubes con el hilo
amarillo de la saliva, estrépitos en la breña, enrojece descalza
la hojarasca sobre los poros.
En la claridad, el viento huele a pergaminos, aceites de mediodía,
amores que rompieron las encías, fiebre de ombligos,
a veces la sal sutura los poros, las altas sales de la ola,
el polvo de las viejas doctrinas que arreciaron la conciencia.
Cuando se apagan las lámparas, dejó de ser neutral la pimienta;
mientras exista el ahora, no hay mucho para mañana, por más
que invoquemos las previsiones;
en la olla de presión lo único cierto son los hervores del metal,
la sublevación del agua hasta alcanzar los sueños del hambre.
Siempre que la harina cubre las pupilas,
un ciego exclama por la blancura de unas caderas exuberantes.
En la sala de operaciones, el viento se disipa en el quirófano;
hay cámaras por todos lados, para conspirar contra el tiempo.
En la azotea de las begonias, los pájaros cuelgan la noche sin renunciar
al día, al ciprés curvado de los brazos,
a la mala hora del olvido de los fósiles en su trémulo fervor:
siempre que la ternura se vuelve despojo, hay siempre quien limpie
los harapos dejados por el recuerdo. Cuando los ecos propagan
el tacto, los sedentarismos quedan en desuso,
los días de la semana sin limonada,
el nacimiento del agua en el balcón de los pañuelos,
el horizonte en la ventana del viento, los alrededores oscilantes
de los álbumes, el aceite para deshojar la virginidad,
la ilusión onírica de los cristales, el ciprés de la ráfaga ondulante
en el olfato: cada quien perpetúa sus mitades, es decir, la noche
y el día, desvelados ojos de la esfinge atávica,
los nudos del subsuelo en el viento, la fugacidad siempre de lo humano,
el día de la cruz con cuadernos filiales, libélulas de jade
en el pozo de la sangre, paredes del bosque sucesivo de la respiración,
en medio del humus, las raíces del vértigo,
tiempo alrededor del filo del pedernal, viento del bostezo
sobre la roca, siempre en la baldosa de la noche.
Prefiero quedarme en el traspatio lleno de alelíes, a despertar
en la intemperie junto a la piedra, fosa a fin de cuentas, del ala.
La eternidad siempre tiene la caducidad de los billetes de lotería:
el ciprés, aquí, arde en la conciencia del aire,
cuando el bostezo cuelga del rocío, lavo pupilas y pañuelos,
cambio el polvo por el aliento húmedo: existo, después de todo,
en cualquier arista del Evangelio,
en cualquier muelle donde amanecen trenes como cipreses…
Barataria, mayo de 2011
5 comentarios:
En el viento tambien cuelgan suspiros y ojos llorosos... el viento trae olores suculentos y melancolicos... bosteza contigo en la espera de los labios..
Ledeska
Sabes -André- aún no defino esa manera mía de acoplarme a tu palabra como si el mundo -tu mundo- me habitara, como si la "trasvida" del poema sean caminos por atravesar... Cosas de lector -pienso- que se levantan entre la interpretación y la experiencia, aunque estas dos últimas palabras no son sinónimas, pareciera que lo fueran dado su amarre, el nudo que ata, el hilo conductor. Me pregunto: sin lo vivido podríamos acaso darle interpretación, ajustarnos a la historia, o simplemente sentarnos en la última fila y de soslayo mirar al autor... te digo, cosas de lector. En los últimos días, retomé la butaca de lector y heme disfrutando las mieles de la palabra que aún ajena mi sentimentalismo me arrebata.
Un abrazo.
Marina Centeno.
Sin duda tienes razón en eso: en tu carácter de escritora, scechas bien la palabra al momento de ser lectora. Y es que la escritura es tan misteriosa que ni siquiera uno al escribir tiene la conciencia plena de la magnitud de la sed en el espejo: de pronto la intensidad de la luz ayuda a hilar las paredes donde brtegamos.
Gracias, por tu comentario.
Te devuelvo el abrazo,
André Cruchaga
Es el momento de la concepción -André. Cuando no sabemos si estamos o no estamos, cuando gravitar entre el verso es habitarse a sí mismo. Tal -como dices- esa inconciencia sea la manera de unirnos al poema, de buscarle el camino al desahogo, aunque cada cual se ata a su manera y se desata de igual modo. Yo no sé, pero esa excitación produce un orgasmo de palabras para luego caer rendidos sobre mantos de soledad...satisfactoriamente limpios.
Saludos desde Yucatán.
Marina Centeno.
Gracias, Marina. Podríamos decir que es un estado poseso, hondas verdadades y descubrimientos, que encienden el burbujeo de la sensorialidad y la creatividad. Aquí es donde creo uno se apropia del mundo.
Un abrazo,
André Cruchaga
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