domingo, 8 de mayo de 2011

BOSTEZO DE LA PIEDRA


Como la noche bordada de sombras, el bostezo de la piedra:
el pájaro que arde en esos ojales ciegos de los armarios,
aquellas ventanas colgadas del aliento.
En la respiración, los más cerrados caminos, esquinas de silencio
encarnadas en la sal beata de la luz: no es cansancio el bostezo,...
Imagen de Lázaro Aguirre




BOSTEZO DE LA PIEDRA




Como la noche bordada de sombras, el bostezo de la piedra:
el pájaro que arde en esos ojales ciegos de los armarios,
aquellas ventanas colgadas del aliento.
En la respiración, los más cerrados caminos, esquinas de silencio
encarnadas en la sal beata de la luz: no es cansancio el bostezo,
sino éter derretido en la lengua. Quizá sea, sólo, el diario
ardimiento, la vocación por el rocío en lo adusto, esa perennidad
intemporal de la memoria, que está ahí,
plena de armonía en medio del cieno: un ombligo amanece
pintado de destellos, sombra ofrecida a la pupila, de repente
en la rugosidad del tacto.

Ya he caminado largos vuelos de ojos nocturnos. Los párpados
Quemados en la hoguera, los dedos llagados de tantas aceras,
el tinte profundo del presagio, la puerta a fuerza de luciérnagas,
oración diaria acompañada del desvelo:
la piedra sigue ahí, todas las formas posibles de los puntos
suspensivos, las páginas inocentes de las plumas, en un País,
cuyas ventanas sirven de costal para las sombras más perversas.

(Al borde del follaje, habito también, los límites del amarillo
enajenado de la breña; las aguas del bosteza arrecian estremecidas
hasta mojar la piedra humedecida de la historia
con sangre y sollozos, con bocas que gozan en el caos, con sábanas
malolientes donde ondea el destino.
—¿Cómo sobrevivimos a esta deslucidez —me pregunto—, después
de haber visto llover hasta embriagarnos reiteradamente
en las cloacas, despeñarnos en el amor ensordecido, ígnea
sobremesa de la noche?)

Las respuestas son variadas, pero ninguna de ellas llega a begonia,
a flor de las once, ni a solapa, ni a pincel,
sino sencillamente, a la misma bóveda de cansadas calles malolientes.
Al caminar sobre estas grietas derretidas, me doy cuentas
que todas las piedras son bocas adustas, picoteadas
por silencios perversos o arengas de mareados escapularios: no entiendo,
aún, tanta perversidad encallada en la respiración;
no me imagino paraguas como estatuas,
ni ventanas sin paracaídas, ni destinos más humanos que la mudez
dormidas formas del movimiento perpetuo.

Jamás vi como cansancio el bostezo, sólo es la expresión del ascua,
los números bebidos en pócimas del País, el eco de los muñones
en la noche, la transparencia del bolsillo de la boca: sudario que abarca
los cangrejos del cielo, el pecho tardo de las palabras,
ardor atravesado en el bosque del aliento.
Lo demás, lo que queda, es el minuto de hisopo disparado en las costillas,
de mi locura, la forma desarmada de sangrar en la concha
acústica del tiempo…

Barataria, mayo de 2011