No se trata de explicar los perfumes que hay en los astilleros,
ni la pasión que desborda el azúcar en las palabras,
ni siquiera es necesario buscarle explicación a las puertas y ventanas,
al espejo secreto que nos mira desde la lluvia,
yo no me fío de ciertas claridades instantáneas,...
Imagen de Magnus Rosendahl
PUERTO SECRETO
…soy el único a quien golpea una mano desecada
en este desierto poblado entre estas flores áridas
LOUIS ARAGON
No se trata de explicar los perfumes que hay en los astilleros,
ni la pasión que desborda el azúcar en las palabras,
ni siquiera es necesario buscarle explicación a las puertas y ventanas,
al espejo secreto que nos mira desde la lluvia,
yo no me fío de ciertas claridades instantáneas, ni del torrente
que sale del rostro, ni de ciertas epidemias que brotan de la escoria,
ni siquiera del olvido: es morir anticipadamente en un retrete,
quizá en un guacal de tristezas, quizá en una calle erosionada.
Busco el puerto seguro de las campánulas:
aunque los párpados se gasten en calles solitarias,
y el hígado se rompa de tanto crepúsculo y los pulmones no aguanten
la romería de esta solemnidad de la lluvia en los cuatro costados
del norte, del poniente o del sur.
Entre aguas, las trenzas de la madera,
la luz bordada, más cierta, por la respiración de aquella ola
desnuda en la lengua,
arenas como vigías asidas de la piel, ojos, brisa cediendo al conjuro
de subir la escalera del terciopelo,
hasta contener en las manos toda la luz encerrada en el orgasmo.
¿Habremos de llegar, caídos de rodillas, en la tormenta,
como amanecer de cierzo derretido,
desordenados gajos de espuma en los latidos?
—Por cierto que, adentrados en el alambique de la desnudez,
ahí desabrochamos el latido de los sueños, la noche saquea los espasmos,
hasta que ella nos da su sábana labrada en lo subterráneo.
Entonces nos olvidamos del trajín del hambre: afuera de nosotros,
el hollín y las estridencias, el cántaro de las palabras.
Hay tanto que guardar, que se llega a la ancianidad de los graneros;
no sé si antes, la esperanza bajó hasta los zapatos, a la cripta
irreductible de la conciencia, al odre sin oídos de la ceniza: ahora
es diferente: nos atraviesa el hambre,
las manos del peso de los días, la luz embozada en la alacena del pubis,
el firmamento estremecido de las escaleras,
el parque donde se presiente el firmamento,
aquel rincón de seguros silencios donde se puede resguardar
cada día, envolverlo con pañuelos.
Siempre hay que estar dispuestos a guardar lo retenido: ¿A quién, hoy
en día, le importa la oscuridad o la transparencia? El mundo es el más
oscuro de los colores de la saliva.
(Los sacramentos son espléndidas vitaminas para robustecer los egos;
para ¿qué entonces impulsar ciertas fosforescías, si éstas delatan
cielos conspirativos? —Uno debe ahogar la penuria del ruido
y aprender a caminar en la profundidad de la blancura.
La vida exterior hay que dejarla para el mundo del teatro: nosotros
no podemos respirar las bocanadas de aire de los atriles,
sino el invierno interno de los párpados.)
Barataria, abril de 2011

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