viernes, 1 de abril de 2011

MEMORIA DEL ESTÍO


Debemos a las vocales las hordas del estío, el sopor incierto
de los pétalos en su fugacidad, el discurrir solo preludios,
nudos, en vez de pensamientos. —Aquí, decimos “llamarada de tuzas,
a esa mensajería impalpable del paisaje;...
Imagen tomada de la red




MEMORIA DEL ESTÍO




Un poema no es más
que una conversación en la penumbra
del horno viejo, cuando ya
todos se han ido…
ELISEO DIEGO




Debemos a las vocales las hordas del estío, el sopor incierto
de los pétalos en su fugacidad, el discurrir solo preludios,
nudos, en vez de pensamientos. —Aquí, decimos “llamarada de tuzas,
a esa mensajería impalpable del paisaje;
aquí, yo prefiero “que anden las manos y no la boca”,
que ya de eso se gasta la brasa en pura lengua.
A menudo nos asiste la “brizna en ayunas, y sin comer plumas”,
o para qué el pregonero ante el buen vino.
“el bobo, si es callado, por sesudo es reputado.”
El estío ha roto las alforjas del sueño y la memoria, y hasta
el polvo del badajo en la ventana. Anudado el umbral en el alma,
sucede que el labio se hace tarde en la espera:
“Casa en la que una lágrima abre gotera, se pudre toda entera.”
Así queda dicho en los recodos del vaho, —absorbe la mirada
el subsuelo, de la hipérbole en la luna compartida;
no es alhaja el granito del suspiro, ni canción blanca la fantasía
en las manos, ni caudal la sábana ardiendo de urgencias,
ni el ceño de la ansiedad, espiga.
Lo cierto es que “cuando el mirlo canta, si llueve, señal de agua.”
(Lo cual no es una verdad infalible).
Aunque le falte rotundidad al cielo: el calor quema el vaso,
y el barro agrietado de sed, estéril almohada para meter los pensamientos,
queda como la música habitada por estiajes.
A menudo, todo lo desnudo suele ser amargo: el vacío es el único
centinela que nos salva en pequeños odres de palabras;
las utopías son lágrimas sin ninguna Esperanza: jamás tuvieron
memoria, sino ciegas gargantas,
ramas de una liturgia de escombros, imágenes de una flor sin polen,
lodo seco en hirientes bocas, tallos donde nadie respira,
extrañas imágenes de polvo en la cara.
Siempre “en cada generación, una puta y un ladrón.” Eso no significa,
siempre, “ que errando se aprende a errar”. La media noche, también,
se hizo de hojarasca,
de millones de ojos ciegos, de agónicas verdades como osamentas,
de mordidas a la razón del fuego,
en las ventanas con imposibles puntos cardinales,
en el herraje de las bocinas a contraluz de las compuertas,
hasta la destrucción este perenne estío, la memoria sin ser el escondrijo
de los sueños, el grito como brasa en la garganta,
la locura, atroz, visceral de las bisagras, convulsa sucesión
de minutos, heridas que no encajan en los poros,
eslabones sin la altivez de los remiendos, obcecada sombra
de esta demencia de los miedos: el estío en el pecho después de andar,
en los letargos de la arcilla.

Barataria, 01.IV.2011