lunes, 11 de abril de 2011

LECTURA


Les dejo mis poemas para que los lean. Que el tiempo, también,
los lea en el peldaño de las rutas, sobre el agua limpia de los ojos.
Con la edad, el futuro se vuelve distante: son más lejanos
los puertos y más cerca la fosa,
el cesar de las distancias en los ojos, el paisaje esférico de los cuchillos,...
Imagen de Jon Sullivan




LECTURA




Un árbol, las piedras del arroyo, cierta puerta de golpe
siempre al sur de mi casa, marcaban el camino hacia un
lugar distante y alcanzable.
WALDO LEYVA




Les dejo mis poemas para que los lean. Que el tiempo, también,
los lea en el peldaño de las rutas, sobre el agua limpia de los ojos.
Con la edad, el futuro se vuelve distante: son más lejanos
los puertos y más cerca la fosa,
el cesar de las distancias en los ojos, el paisaje esférico de los cuchillos,
los relojes detenidos en las manos como un libro que remueve
la infancia desde el fondo de la lengua.

He acumulado más oscuridades que la noche en pleno concierto
de chicharras: la cruz fue asco, pero también los puntos
cardinales; el mapa se ha vuelto un petate oscuro,
donde la voz rasguña los pájaros,
y la oz huele a muertos y fatiga. Y las verdades un juego de monedas,
el mismo yo, inexpresivos paladares y la luz un golpe de suerte.

De pronto la lectura inventa risas,
y puertas con ranuras donde cruza la memoria el espejo
y las aldabas de los puntos cardinales,
las ventanas con tímidos asombros, la sal de los muertos en los ojos,
el vacío del pez deshaciéndose en la pupila,
los senderos del aire que agotan mis manos.
La lectura me destinó lápices y cuadernos y palabras de fuego:
cada palabra me dio alas y caminos, manos, horizontes
mediodías, ojos y llaves y preguntas;
cada palabra unió la noche y el día, acribilló el miedo, hizo de la sed
un río, y de la ficción un pozo de miel, lámparas a orillas
del aliento, cofre de audiencias, a veces, albedrío de moscas,
obsesos caminos de pólvora, oscura humedad de disfraces
para el olvido. A veces, a veces viejas cicatrices sangrando…
si algo me queda de todo es este aire y agua comulgando conmigo:
la barba crecida junado con la tierra,
la esquirla de la brasa que soporta mi cuerpo, hurgando en el alero
de los poros, aprendiz de sueños invisibles, trocado por la muerte.

Hay días en donde la lectura es una piel de begonias; detrás
de los anteojos, los acasos, las llaves ocultas del poema,
los nombres desvelados en el cuenco de la mano, el ahogo suicida
de mi risa buscando los juegos verdaderos: los días de espaldas
al nacimiento. Me ahogo en el azogue desollado,
en la vigilia total del vértigo, en los discursos trasegados de la saliva,
y hasta en el goteo de las vocales,
que cae sobre los caballos de la página, aspas del latido,
hervor, acaso, del espejismo. Oficio del agua desterrada.

Barataria, abril de 2011