El último cristal del deseo se borra en el horizonte. La desnudez
de la campana al límite de la hojarasca.
La sombra en el equilibrio de los juegos del jengibre, el cáñamo
del desatino, acaso, oscura herida de la ficción de todos los días:
trinos en desuso, destiempo del vitral ahogado,...
Imagen de Paolo Neo
HOJARASCA SOBRE LA SOMBRA DE LA CAMPANA
Just the same old thing
Just the same old thing
No matter how much love you try to bring
Just the same old thing…
THE BLACK KEYS
El último cristal del deseo se borra en el horizonte. La desnudez
de la campana al límite de la hojarasca.
La sombra en el equilibrio de los juegos del jengibre, el cáñamo
del desatino, acaso, oscura herida de la ficción de todos los días:
trinos en desuso, destiempo del vitral ahogado,
en la ventana entumecida de la llama: desvela la secuela de la sal,
en el sosiego ofrecido de la caverna,
desquicio del humo en mi propia herida, guijarro de mi propia
muerte en el instante de la palidez empantanada.
El aliento de pronto desata grietas clausuradas, arquero de la espuma,
en este asalto transitivo de la respiración.
Sé que un día será posible la intrepidez para ultrajar los despojos
de la muerte, el rocío del moho, la simiente del tizne,
el destrozo del desorden
en mis propias cavilaciones: habrá estupores más grandes
que el abismo, t discretos dibujos del cierzo.
Es probable que la indigencia no sea más un atributo; ni la ropa
impregnada de sudor, un amuleto colgado de la mente.
Es tanto lo que hemos caminado en el poema,
que de pronto me he olvidado de la sordidez, del albedrío
de la caricatura, del despiste de las moscas como un escapulario
ciego, obseso hollín de los trasmundos.
Ante tanta hojarasca sin repiques, doña ficción se ha vuelto invernadero,
fórmula memoriosa del péndulo, plural tránsito, trastienda de la sal,
resucitado diente de la ausencia, de todas esas ausencias que de pronto
afinan la negrura del ambiente;
de ahí que, cada vez repiense el próximo paso:
la merienda del atado de dulce, el río del sudor hurgando
las vísceras, el estaño del cielo en mis ojos en condición de desafuero,
la flama huraña de lo inerte. —de pronto pienso en que soy aprendiz
de trenes, aprendiz de esas campanas del paria,
del azogue desoído de la marejada: otra vez, digo, el sonido fortuito
de las habitaciones, el pie al borde la espuma,
el ojo resucitado del grito, el vértigo sin sazonar en el cuaderno.
—en cada ojal roto del escondite, el alambique trasiega los fondos
Grises del pájaro, el panal que guía los caballos,
El camino del pubis como un juego de barajas. Ante el latido,
Que es el garfio de la impaciencia, se tiende sobre los ojos,
La hojarasca centrífuga del verano, el racimo de pálpitos cercano
No a la boca, sino a los huesos, al incendio de la respiración
Con toda la ausencia disfrazada…
Barataria, abril de 2011

2 comentarios:
... hay un ojal dispuesto en cada día de racimos y silencios.. desabrocha la tarde para que puedas sazonar tus ojos... la lluvia de Talca llego timida pregunto por tus zapatos... no supe que decir...
Ledeska
Ojalá alcance, esa lluvia, para humedecer todo el planeta de los poros.
Gracias por tu comentario.
ANDRÉ CRUCHAGA
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