domingo, 3 de abril de 2011

FIEBRE DE VENTANAS


Escucho los paraguas escritos en el viento, la dicción de las hojas,
los incesantes trenes que cruzan mi memoria.
En las ventanas, la túnica alada del tiempo, las letras de la madera
en el lugar preciso de las postales; cada fiebre,...




FIEBRE DE VENTANAS




la lluvia se concibe como un temblor de lámparas,
como el último gesto del suicida.
BASILIO SÁNCHEZ




Escucho los paraguas escritos en el viento, la dicción de las hojas,
los incesantes trenes que cruzan mi memoria.
En las ventanas, la túnica alada del tiempo, las letras de la madera
en el lugar preciso de las postales; cada fiebre, anticipado
silencio de sueños, enredaderas donde los insectos escriben
memorándumes o inventan ecos para vivir otras edades.
En la fiebre mortal de las pupilas, cualquier vacío es una calle,
un cielo mordiendo las aguas del anís;
en cada ventana de los sueños, el verde de las diapositivas cae
en el alma, trapecios mojados de vitrinas, arenillas resignadas
al viento de algún pájaro vertiginoso;
en la melódica de las sombras, respiran las cuerdas vocales
de mi pecho, el ansia de las aguas con ecos de sal íntima, con ayes
desvelados y el cáñamo del tacto con su propio alfabeto de esperma;
escucho las partituras del guarumo desde el borde del ombligo.

—(De soslayo me digo: deja que el fuego queme toda la ropa
de los mares, la mesa de la noche en la ventanas; que se abra el balcón
de la lluvia con todas las venas encendidas y baje el suspiro hasta
el balcón del sonambulismo hasta la puesta del sol de llaves en el vacío.
Advierto que al abrirse se rompen las paredes: este sitio,
no es Comala, ni Macondo, es Barataria descalza sobre el petate
saliendo del grito y entrando a las campanas.
El arco iris aparece, aroma de alas en el almacén de los espasmos;
aquel polen enmudecido, en la omnipotencia, muerde las siete
estaciones del ahogo, el baúl rupestre donde guardo el galope,
la espuela del pan que acondiciona las tildes,
el pez de los sueños arqueado en la boca. Cada ventana es inédita
en la albahaca que condimenta la alacena;
en el engrudo de los arriates, la liturgia sobrevuela las cornisas
hasta pegar los bolsillos en la acequia de las evocaciones.)

De pronto he descubierto el menester de los pájaros: sobrevolar
las ventanas hasta inmolar su pecho incendiario.
Para esta fiebre cierro las puertas y abro las ventanas: fumo, riego
las supersticiones, abro el ventarrón de la lejanía, miro hacia
las esquinas, gotean las mochetas de la sangre, el camino que viene,
que va con urgencia hacia la abundancia de imágenes.
No sé si al final, la lluvia sea un temblor de lámparas, no lo sé.
Lo que sí es cierto es esta caballería acercándose cada vez al aire,
al pincel de las frondas,
al tambor de la abeja en la hoguera del cristal:
fiebre sin duda, que vuelve enigmáticos los párpados…

Barataria, abril de 2011

2 comentarios:

LEDESKA dijo...

Que hermoso poema de ventanas y pájaros.. puede ser que también la lluvia no solo sea un temblor de lamparas .. sino el llanto de tus poemas... me recorde porque hay tantos pájaros en mis poemas... porque hacen ruido a mi soledad.. un abrazo con el corazón para ti...

Ledeska

André Cruchaga dijo...

SÍ, POETA, A MENUDO EL DOLOR POR LA VIDA NOS MATA; PERO EL TRABAJO DE LOS PÁJAROS Y LAS VENTANAS ES TRANSPORTARNOS A TRAVÉS DE LA EMBRIAGUEZ DE LOS CRISTALES.

UN ABRAZO,

ANDRÉ CRUCHAGA