En su alborada la respiración amanece en la zarza: la sal rasgada
de atardeceres, el alquitrán exhausto de la madera, la polilla,
el hollín, el tizne, sacan sus lenguas oscuras,
los compases quemados de la boca, existe el sonido desvencijado
de las ventanas, la fosa común de las cloacas, la circuncisión
del viento al embozar el pálpito.
DE RODILLAS LA CUCHARA EN EL POLVO
—Esto no puede durar más -decidió el comerciante—.
Bastante he divertido al Infortunio;
ya es tiempo de que me separe de él…
ALEKANDR NIKOALEVICH AFANASIEV
En su alborada la respiración amanece en la zarza: la sal rasgada
de atardeceres, el alquitrán exhausto de la madera, la polilla,
el hollín, el tizne, sacan sus lenguas oscuras,
los compases quemados de la boca, existe el sonido desvencijado
de las ventanas, la fosa común de las cloacas, la circuncisión
del viento al embozar el pálpito.
De día caen las cucharas con su fiera comba de polvo: caen las patas
de gallina de los adoquines, las serpientes de la astrología,
la alambrada gris de los bolsillos,
la toalla enmascarada del asfalto en la cuajatinta de los ojos,
siempre la tormenta brama en las hojas de los eucaliptos,
cada floristería dibuja cuerpos,
cada palabra cose los cedazos, la cueva del aparcadero, la pluma
del escribano, la rebanada de plátano en el plato del cierzo,
y claro, también, el aceite humoso de la niebla.
Como no sé de leyendas apócrifas, más allá de la de los evangelios,
prefiero guardar silencio ante el cloroformo de las catacumbas,
los rascacielos de piedras, las demandas interpuestas por terceros,
los rostros consumidos en la pared del crepúsculo,
ah, la juventud de los mástiles, los barcos a vapor a través
del Misisipi, Megan Fox con naranjales en sus ojos de trópico,
el tizón encendido sobre el quejido de las apostasías,
el vilo del desgarrón de la cópula,
quizá un poco de pétalos en el ajuar, el badajo sostenido en el pezón,
el olvido de los faroles en las uñas, un poco de tiangue
para el intercambio de floraciones y ojales,
para ciclón de días idos en el sargazo vacío de la mudez ciclónica.
—Cuando el filo de la cuchara, abraza la sopa, me quedo atónito
en los frijoles, los dientes ocupan la palma de las manos,
vuelve el metal del ajo: profundo disparo a las mochetas del sueño,
al cuchillo afilado del antifaz,
a la flama de los poros sin melodía,
a la nariz saqueada de los pétalos en plenos pájaros de calor sofocante.
Después de todo, yo sólo se nombrar el polvo en las cristalerías,
la atrocidad rota del vinagre en el repollo, la pimienta informe
en la lengua de guardar todos los días pese a los tiempos de Cuaresma,
pese al atrio humedecido de la respiración.
De pronto me olvido de la emboscada de los anillos, —me refiero,
claro, a los anillos periféricos que obstruyen el libre tránsito,
y corrompen los ojos hasta hacer hogueras.
Lo demás es siempre el mismo pincel titiritero sobre el cuaderno,
abril con rachas de calor agobiante, corcholotas como vitrinas de púas,
gastadas paredes de la blancura y sábanas al sesgo del cuerpo.
Mientras comienza la próxima escena, divido el infinito del cactus
en otro himno de tropeles, en otra bandera sin moscas.
Barataria, abril de 2011

1 comentarios:
.. el polvo de las cristalerias trasluce tus manos sobre este cuaderno insepulto.. bello disparo a tus letras que amasan tantas cosas sencillas... un poco de tiempo feliz para ti regalado con algo de olor a cosas nuevas.. besos..
Ledeska
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